Trece años después de suspender sus negociaciones con Bruselas, Islandia se detuvo ante las urnas para preguntarse qué clase de nación quiere ser en un mundo que ya no ofrece certezas. El referéndum del sábado no era solo sobre tipos de interés o cuotas pesqueras: era sobre soberanía, identidad y el precio de pertenecer. En un país sin ejército propio, rodeado de mares que considera suyos por historia y por sangre, la pregunta europea nunca ha sido puramente técnica.