Desde febrero de 2026, el estrecho de Ormuz —por donde fluye una quinta parte del petróleo y gas que mueve al mundo— permanece cerrado por decisión de Teherán, convirtiendo una vía marítima en un argumento de presión geopolítica. Esta semana, el canciller y primer ministro de Qatar viajó a Irán para explorar, junto a Omán, un marco que permita restablecer la navegación sin que ninguna parte pierda lo que considera esencial. La historia del Golfo Pérsico conoce bien este tipo de momentos: cuando el comercio se detiene, la diplomacia se vuelve urgente, aunque no siempre suficiente.