En las aguas del estrecho de Ormuz, uno de los corredores más vitales del comercio mundial, Irán ha trazado una línea que convierte la geografía en política. Teherán ha declarado una zona prohibida para buques y ha buscado el respaldo de Arabia Saudí y Turquía, intentando anclar su posición en una confrontación con Estados Unidos que ambas partes describen de manera radicalmente distinta. Lo que se disputa no es solo el control de un paso marítimo, sino el relato mismo de quién encendió la mecha, y con ello, quién cargará con el peso moral y económico de las consecuencias.