En un momento en que la inteligencia artificial puebla las redes sociales con presencias que imitan la vida humana, Instagram da un paso hacia la claridad: reemplaza una etiqueta ambigua por una declaración más directa sobre la naturaleza ficticia de ciertos perfiles. El cambio refleja una tensión más profunda de nuestra era digital —la dificultad de saber, al otro lado de una pantalla, si existe una persona o solo un algoritmo que la simula. La plataforma no solo renombra; también castiga la opacidad, limitando el alcance de quienes eluden la transparencia.