China emerge de meses de deflación solo para encontrarse ante una nueva tensión: los precios vuelven a subir, no porque los consumidores estén gastando con fuerza, sino porque el mundo que la rodea se encarece. El IPC chino alcanzó 0,8% en agosto y los precios al productor superaron las expectativas, impulsados por la energía y las materias primas en mercados globales cada vez más convulsos. Es la paradoja de una economía grande y dependiente: no puede escapar de las presiones externas, pero tampoco tiene la demanda interna para absorberlas con facilidad.