Desde el interior de dos penitenciarias de Barranquilla, una red de extorsión mantenía vivo su negocio criminal a través de teléfonos ocultos en techos y baños. La Fiscalía y la Policía Nacional incautaron dieciocho celulares —más dos en Valledupar— que habrían servido como puente entre reclusos y víctimas en distintas regiones del país. El hallazgo revela una verdad incómoda: los muros de una prisión no siempre separan el crimen del mundo exterior, sino que a veces lo amplifican. Ahora, cada dispositivo confiscado se convierte en un posible testigo silencioso contra los presuntos líderes de '