En un pueblo de ciento veinte habitantes en Navarra, Iñaki Larrayoz —ingeniero reconvertido en músico y luthier— ha elegido grabar su álbum Larra Bideak II en una máquina analógica de 1984, rechazando la lógica de corrección infinita que impone la tecnología digital. Su decisión no es un gesto de nostalgia, sino una postura filosófica: en una industria cultural que mide el éxito en métricas y rentabilidad, él apuesta por la artesanía, la decisión irreversible y el sosiego como formas legítimas de crear. Su taller en Larraintzar se convierte así en un pequeño territorio de resistencia frente a