Como ocurrió con el ferrocarril en el siglo XIX y con internet en los noventa, la humanidad vuelve a apostar con fervor desmesurado por una tecnología que promete rehacerlo todo: la inteligencia artificial. Las grandes corporaciones tecnológicas invertirán 1,5 billones de dólares en IA para 2026, una cifra comparable al tamaño de toda la economía española, mientras los ingresos generados apenas cubren un tercio de ese gasto. La pregunta que pende sobre los mercados no es si la IA transformará el mundo —probablemente lo hará— sino si quienes financian esa transformación sobrevivirán para verla.