Durante dieciséis años, el poder en Hungría se sostuvo, en parte, sobre una arquitectura de fundaciones que convirtió el patrimonio colectivo en instrumento de perpetuación política. Hoy, el Estado húngaro emprende el lento y difícil trabajo de desmontar ese entramado, rastrear el dinero desviado y devolver a la esfera pública lo que fue sustraído de ella. Es un momento que trasciende la contabilidad: es una sociedad preguntándose cómo fue posible, y si es posible repararlo.