Durante más de un siglo, la biología evolutiva explicó la debilidad de los descendientes consanguíneos con una sola llave: los genes recesivos heredados en duplicado. Investigadores argentinos del CONICET, trabajando con caracoles de agua dulce en condiciones de uniformidad genética casi total, han demostrado que esa llave no abre todas las puertas. La epigenética —las marcas químicas que modulan cómo se expresan los genes sin alterar su secuencia— emerge ahora como un actor silencioso pero decisivo en uno de los fenómenos más estudiados de la biología.