En el umbral de unas elecciones presidenciales que dividen a Brasil en dos mitades casi exactas, la Corte Suprema —llamada a ser árbitro de última instancia— atraviesa su propia crisis de legitimidad. Las acusaciones de corrupción sobre el juez Alexandre de Moraes han fracturado al tribunal desde adentro, justo cuando la nación más necesita confiar en él. Es el viejo dilema democrático: ¿quién custodia a los custodios cuando los custodios están en guerra?