En el umbral del otoño ártico, Washington, Copenhague y Nuuk han alcanzado un acuerdo que pone freno, al menos por ahora, a las ambiciones anexionistas de Donald Trump sobre Groenlandia. Lo que el presidente estadounidense proclama como victoria monumental no es sino el reempaquetado de garantías militares que Estados Unidos ya poseía desde 1951. Lo verdaderamente significativo no es lo que Trump gana, sino lo que Dinamarca y Groenlandia logran preservar: su soberanía, su integridad territorial y, con ellas, un principio fundamental del orden internacional que el propio Trump había amenazado c