Durante décadas, el Estrecho de Ormuz ha funcionado como la arteria más vulnerable del comercio energético mundial, un punto donde la geografía y la política se entrelazan de manera peligrosa. Ahora, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y otros estados del Golfo están invirtiendo miles de millones de dólares en oleoductos alternativos que bordeen ese cuello de botella dominado por Irán, apostando a que la ingeniería puede donde la diplomacia no ha podido. Esta carrera de infraestructura no es solo técnica: es una reconfiguración silenciosa pero profunda del equilibrio de poder energético