Gladys Quiñónez: cuatro décadas de dedicación a la bioquímica en el norte de Misiones

Una rutina de laboratorio salva vidas
Quiñónez reflexiona sobre el verdadero impacto de su trabajo después de cuatro décadas de diagnósticos en el norte de Misiones.

Durante cuatro décadas, Gladys Quiñónez ha ejercido la bioquímica en el norte de Misiones con la convicción de que el trabajo silencioso de un laboratorio puede ser, en sí mismo, un acto de salvación. Desde Puerto Libertad hasta Puerto Esperanza, su trayectoria encarna la historia de quienes sostienen la salud pública en los márgenes del mapa, lejos del reconocimiento pero cerca de quienes más lo necesitan. Su historia recuerda que la vocación, cuando nace de una chispa genuina, puede iluminar comunidades enteras durante generaciones.

  • Una región en plena transformación por la construcción de la represa Urugua-í exigía diagnósticos precisos en condiciones precarias y con recursos limitados.
  • Un vecino regresó de pescar con fiebre inexplicable: Quiñónez identificó el parásito del paludismo bajo el microscopio, desencadenando la llegada de especialistas nacionales desde Buenos Aires.
  • La tensión entre la modernización tecnológica y las realidades de una comunidad rural obligó a una actualización constante pero pausada del laboratorio.
  • Hoy, con vínculos consolidados con centros de alta complejidad en Posadas y Buenos Aires, su laboratorio funciona como puente entre el interior profundo y la medicina especializada.

Gladys Teresa Quiñónez lleva cuarenta años haciendo lo mismo: convertir muestras en diagnósticos y diagnósticos en vidas salvadas. Su historia comenzó en el Instituto San José de Eldorado, donde una profesora de química le contagió una pasión que la llevó a estudiar en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Misiones, en Posadas.

Sus primeros años como profesional coincidieron con el auge de la represa Urugua-í, que transformó Puerto Libertad en una comunidad en ebullición. En ese contexto exigente, Quiñónez acumuló experiencia y protagonizó uno de los episodios más recordados de su carrera: la detección del primer caso de paludismo en la zona. Un paciente regresó de pescar con fiebre sospechosa; ella buscó en sus libros, observó la muestra bajo el microscopio y encontró el parásito. El hallazgo atrajo al infectólogo Stamboulian y su equipo desde Buenos Aires.

Con el tiempo se instaló en Puerto Esperanza, donde sigue trabajando. A lo largo de cuatro décadas incorporó nuevas tecnologías de manera gradual y tejió vínculos con centros de alta complejidad para derivar los casos que lo requerían. No fue una modernización abrupta, sino una evolución sostenida al ritmo de las necesidades de su comunidad.

Quiñónez integra hoy el Colegio y el Círculo de Bioquímicos de Misiones. Su trayectoria refleja la de muchos profesionales que ejercen lejos de los grandes centros urbanos, sosteniendo silenciosamente el sistema de salud en cada rincón de la provincia.

Gladys Teresa Quiñónez lleva cuarenta años en el mismo oficio: mirar lo que otros no ven. Comenzó en Puerto Libertad, en el norte de Misiones, cuando la represa Urugua-í atraía cientos de trabajadores y sus familias a una región en transformación. Hoy sigue en Puerto Esperanza, en su laboratorio, haciendo lo que ha hecho desde entonces: convertir muestras en diagnósticos, diagnósticos en vidas salvadas.

Su camino hacia la bioquímica no fue accidental. Durante los últimos años de secundaria, en el Instituto San José de Eldorado, una profesora de química le mostró que la pasión por enseñar una materia podía ser contagiosa. Esa inspiración fue suficiente. Se inscribió en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Misiones, en Posadas, y eligió una carrera que marcaría todo lo que vendría después.

Los primeros años fueron intensos. Puerto Libertad crecía al ritmo de una de las obras más importantes de la provincia. Quiñónez trabajaba muchísimo, acumulando experiencia mientras formaba su propia familia, en una comunidad que se transformaba día a día. Fue en esa época cuando ocurrió algo que permanece vivo en su memoria: un brote de paludismo. Los síntomas comenzaron a aparecer en pacientes que antes no los presentaban. El primer caso fue un vecino que regresó de una jornada de pesca con fiebre y un cuadro que despertó sospechas. Quiñónez buscó en los libros que tenía, observó la muestra bajo el microscopio y encontró el parásito. Era paludismo. El hallazgo atrajo la atención de especialistas nacionales, entre ellos el infectólogo Stamboulian, quien viajó desde Buenos Aires con su equipo para estudiar los casos registrados en la zona.

Con el tiempo, se trasladó a Puerto Esperanza, donde continúa hasta hoy. A lo largo de cuatro décadas, acompañó los cambios tecnológicos que atravesaron su profesión. Incorporó equipamiento nuevo de manera gradual, siempre atendiendo las necesidades de la población y las posibilidades de cada etapa. Mantuvo vínculos permanentes con centros de alta complejidad en Posadas y Buenos Aires, permitiendo derivar muestras complejas y resolver situaciones que requerían estudios especializados. No fue un salto hacia la modernidad, sino una evolución constante.

Quiñónez es consciente de algo que muchos olvidan: que una rutina de laboratorio, el trabajo silencioso de mirar muestras bajo un microscopio, salva vidas. Es lo más importante de su profesión, dice. Hoy integra el Colegio y el Círculo de Bioquímicos de Misiones, instituciones que acompañan y representan a los profesionales de la provincia. Su historia refleja la de muchos bioquímicos que desarrollan su actividad lejos de los grandes centros urbanos, acercando diagnósticos, acompañando a los pacientes, contribuyendo diariamente al fortalecimiento del sistema de salud en cada rincón de Misiones.

Era una docente excelente, que supo enseñar y transmitir con pasión su materia
— Gladys Quiñónez, sobre su profesora de química en la secundaria
Lo más importante en nuestra labor es ser conscientes de que una rutina de laboratorio salva vidas
— Gladys Quiñónez
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Qué la llevó a elegir la bioquímica en lugar de otra carrera?

Model

Una profesora de química en la secundaria. No fue una decisión racional, fue inspiración. Vi a alguien enseñar con pasión y pensé: eso quiero hacer.

Inventor

¿Cómo era trabajar en Puerto Libertad durante la construcción de la represa?

Model

Intenso. La región crecía aceleradamente, había mucha demanda de servicios de salud. Trabajé muchísimo, pero esos años me dieron la experiencia fundamental que necesitaba.

Inventor

El brote de paludismo que diagnosticó, ¿fue un momento de quiebre en su carrera?

Model

Fue un momento que me mostró la importancia real de lo que hacía. Busqué en los libros, miré al microscopio, encontré el parásito. De repente, mi trabajo no era solo rutina: era diagnóstico, era respuesta a una crisis.

Inventor

¿Por qué decidió mantener vínculos con centros de alta complejidad en otras ciudades?

Model

Porque sabía que no podía resolver todo sola. Hay casos que requieren especialistas, equipamiento que no tengo. La responsabilidad es derivar bien, no pretender que puedo hacer todo.

Inventor

Después de cuarenta años, ¿qué la mantiene en el mismo lugar?

Model

La gente. Conozco a las familias, veo cómo crecen sus hijos. Sé que mi trabajo importa aquí, en Puerto Esperanza, de una manera que no importaría en una ciudad grande.

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