Generación X: por qué los apocalipsis de la IA no nos asustan tras sobrevivir tantas catástrofes

La guerra de Malvinas dejó 649 soldados muertos, casi 500 suicidios posteriores y aproximadamente 1500 heridos con secuelas irreparables.
Hemos aprendido a adaptarnos mientras esperamos que termine el apocalipsis
La reflexión de la Generación X sobre su capacidad de sobrevivencia tras décadas de crisis reales y falsas alarmas.
Mark

¿Por qué crees que la Generación X realmente no le teme a estos anuncios sobre la IA?

Mimi

Porque hemos visto demasiadas cosas que nos dijeron que iban a pasar y no pasaron. Y también hemos visto cosas que nadie anunció y pasaron igual. Eso te cambia.

Luke

Pero espera. El Y2K no pasó porque miles de personas trabajaron para evitarlo. ¿No es eso diferente a la IA? Con la IA no sabemos si alguien está trabajando para evitar lo malo.

Mimi

Tienes razón. Pero también es cierto que la mayoría de las amenazas que vivimos fueron reales. Malvinas fue real. Chernóbil fue real. Las Torres Gemelas fueron reales. Entonces aprendimos a distinguir entre lo que es pánico y lo que es peligro de verdad.

Mark

¿Y cómo distingues?

Mimi

Por la urgencia. Si algo es realmente urgente, no te lo anuncian con dos o tres años de anticipación. Te lo anuncian cuando está pasando. En Argentina estamos ocupados en sobrevivir el mes. El 2030 queda muy lejos.

Luke

Pero eso es un poco peligroso, ¿no? Decir que porque otras cosas no pasaron, esta tampoco va a pasar. La IA es diferente. Es tecnología que está aquí ahora.

Mimi

No digo que no vaya a pasar nada. Digo que hemos aprendido a no hacer las valijas cada vez que alguien grita apocalipsis. Hemos visto demasiados apocalipsis.

Mark

¿Cuál fue el peor?

Mimi

Malvinas. Porque ese no fue anunciado. Simplemente pasó. Y después pasaron cosas peores: los suicidios de los veteranos, las heridas que nunca sanaron. Eso te enseña que el verdadero desastre no siempre viene con advertencia.

Luke

Entonces, ¿la IA te preocupa o no?

Mimi

Me preocupa. Pero no me asusta. Y esa es una diferencia importante.

  • Guerra de Malvinas (1982): 649 soldados muertos, casi 500 suicidios posteriores, aproximadamente 1500 heridos con secuelas irreparables
  • Hiperinflación en Argentina (julio 1989): pico histórico de 196,6% de inflación mensual
  • Epidemia de cólera en Argentina (1992-1996): comenzó en Salta y se extendió durante cinco años
  • Y2K (1999-2000): primer temor tecnológico a máquinas que terminaran con la humanidad
  • Torres Gemelas (2001): acontecimiento que efectivamente ocurrió, a diferencia de otros apocalipsis anunciados

La Generación X creció bajo amenazas existenciales reales: Guerra Fría, guerra de Malvinas, Chernóbil, hiperinflación y ataques terroristas que efectivamente ocurrieron. También experimentó profecías no cumplidas como Y2K, profecía maya 2012 y amenazas sanitarias recurrentes que generaron pánico pero no catástrofes finales.

Un análisis generacional sobre cómo la Generación X ha sobrevivido múltiples crisis y profecías apocalípticas, desde la Guerra Fría hasta la IA, desarrollando una inmunidad al pánico colectivo.

Cuando tienes más de cincuenta años y has visto caer imperios, explotar reactores nucleares, desaparecer dinero del bolsillo en cuestión de semanas y torres de oficinas convertirse en escombros en vivo por televisión, las advertencias sobre máquinas inteligentes que podrían destruir la civilización pierden un poco de su capacidad de asustar. La Generación X no es inmune al miedo. Es que ha desarrollado una especie de tolerancia.

Nacimos o crecimos bajo la sombra de dos superpotencias nucleares que tenían suficientes armas para convertir el planeta en polvo. Durante años, la supervivencia de la humanidad dependía de que dos hombres en despachos lejanos no cometieran un error. No necesitábamos entender geopolítica para captar la idea central: si se equivocaban los grandes, desaparecíamos todos. Fue una manera peculiar de entrenar para la adversidad. Mientras tanto, Argentina casi entra en guerra con Chile por un canal en 1978. Hubo movilización militar, planes de combate, y en algunas casas, madres que se inscribían en cursos de enfermería porque juraban que irían con sus hijos al frente. El conflicto terminó en la mesa de negociaciones gracias a la mediación papal, pero para quienes éramos niños, el mensaje fue claro: los adultos podían decidir pelear con el país de al lado.

En 1982 llegó la guerra de Malvinas. Un dictador que no pasaría un test de alcoholemia decidió que una guerra era la solución para mantenerse en el poder. Seiscientos cuarenta y nueve soldados murieron. Casi quinientos se quitaron la vida después. Aproximadamente mil quinientos quedaron con heridas que nunca sanarían. Para una generación de chicos y adolescentes, fue el momento en que descubrimos que los adultos podían enviar a otros a morir y después explicar por televisión que todo estaba saliendo bien cuando todo se desmoronaba. Cuatro años después, en 1986, el reactor número cuatro de Chernóbil explotó. De repente, algo que supuestamente estaba bajo control se convirtió en catástrofe. Y justo cuando empezábamos a procesar eso, descubrimos que el cielo se estaba agujereando. El agujero de ozono era real. La capa que nos protegía de la radiación ultravioleta se deterioraba. Había que tener cuidado con el sol.

Luego vino la hiperinflación. No hacía falta buscar señales del Apocalipsis en el cielo. Bastaba con ir al supermercado. En julio de 1989, la inflación alcanzó un pico histórico de 196,6 por ciento mensual. Los precios cambiaban tan rápido que el dinero parecía tener fecha de vencimiento. El sueldo se evaporaba. Las familias hacían cuentas desesperadas. En 1991 llegó la solución mágica: un peso, un dólar. Parecía que habíamos hackeado el capitalismo. Comprábamos importados, viajábamos, hablábamos de Miami. Después descubrimos que no. Pero aprendimos algo importante: si una solución parece demasiado perfecta, conviene guardar el recibo. Mientras tanto, el cólera apareció en 1992 en el norte argentino y se extendió durante cinco años. Una enfermedad medieval en conversaciones cotidianas. Después llegó el ántrax, y durante un tiempo un sobre sospechoso podía convertir a cualquiera en protagonista involuntaria de una película de suspenso. La humanidad había logrado algo extraordinario: tener miedo de abrir el correo.

En el año 2000 llegó el Y2K, nuestro primer temor tecnológico a que las máquinas terminaran con nosotros. Las computadoras habían sido programadas con solo dos dígitos para el año. Se habló de bancos, aviones, servicios que podrían colapsar. Nos preparamos para el fin. Llegó la medianoche del 31 de diciembre de 1999. Nada pasó. Las máquinas siguieron funcionando. Descubrimos que también se podía sobrevivir a un apocalipsis que había sido evitado porque miles de personas habían trabajado para que no ocurriera. En 2001 vimos caer las Torres Gemelas. Ese no fue un apocalipsis anunciado que no ocurrió. Ocurrió. Cambió la política internacional, la seguridad, los viajes, la manera en que Occidente miraba el terrorismo. Fue uno de esos momentos en que una generación descubre que lo que parecía imposible también puede pasar.

Después vinieron las enfermedades que atravesaban fronteras. Gripe aviar. Gripe A. Ébola. Zika. En 2009, la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de gripe A H1N1. Aprendimos a mirar con desconfianza a quien nos tosía cerca. En 2012 llegaron los mayas con una profecía exacta: el mundo terminaría el 21 de diciembre. Uno podía organizarse, comprar regalos, hacer explotar la tarjeta de crédito. Los mayas no acertaron, pero el resumen de la tarjeta sí. Muchos desearon que hubieran tenido razón. Y finalmente llegó la pandemia. Nos encerramos, conocimos el teletrabajo, vimos la vida por Zoom. Aplaudimos desde balcones, aprendimos a usar barbijo, nos cortamos el flequillo en casa, compramos cosas absurdas por internet. Fue espantoso y extraño. Pero incluso ahí apareció nuestra vieja especialidad: adaptarnos mientras esperamos que termine el apocalipsis.

Ahora vienen las máquinas que escriben, dibujan, programan, traducen, hacen videos, analizan información y conversan con nosotros. Algunos advierten que pueden volverse demasiado poderosas o difíciles de controlar. Quizás tengan razón o exageren. Yo me cubro tratando bien a las inteligencias artificiales con las que interactúo. Que vengan. Tengo tareas en las que necesito que me releven. Educar hijos, llegar a fin de mes, asegurarme de comer proteínas, tener vida social, no amanecer como si me hubiera llevado por delante un tren. De verdad, vengan. Los espero con un mate de rulemanes y la memoria RAM a punto de explotar. Lo que sí, dejen de anunciar un fin del mundo con dos o tres años de anticipación. En Argentina eso no funciona. Estamos todos ocupados en descubrir la fórmula de llegar al día veinte de cada mes sin reptar. El 2030 queda a años luz. Lo más urgente es sobrevivir.

Si una solución parece demasiado perfecta para ser cierta, probablemente convenga guardar el recibo
— reflexión sobre la convertibilidad de 1991
En Argentina no funciona anunciar un fin del mundo con dos o tres años de anticipación. Estamos todos ocupados en descubrir la fórmula de llegar al día veinte de cada mes sin reptar
— postura de la Generación X ante advertencias sobre IA
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