En las ciudades contemporáneas, una generación entera está delegando el acto de alimentarse a algoritmos y repartidores, convirtiendo lo que fue un ritual cotidiano en un simple clic. La cocina casera, espacio de intención y vínculo con el propio cuerpo, cede ante la promesa de inmediatez de las plataformas de delivery. Lo que parece una elección de comodidad encierra, sin embargo, consecuencias profundas: metabólicas, emocionales y culturales, que se acumulan en silencio con cada pedido.