Durante ocho años, Samsung ha cultivado en silencio una categoría que muchos consideraban frágil o prematura: el teléfono plegable. Hoy, en España, ese esfuerzo sostenido se traduce en una presencia casi absoluta —el 93% del mercado— y en un crecimiento del 65% para su buque insignia, el Galaxy Z Fold8. Lo que comenzó como una apuesta tecnológica arriesgada parece haber alcanzado ese umbral raro en la historia de la innovación: el momento en que una novedad se convierte en necesidad percibida.