En las profundidades de una bocamina en Pataz, las Fuerzas Armadas del Perú hallaron lo que los arsenales suelen revelar antes que las palabras: que alguien, en algún lugar, se preparaba para ejercer violencia organizada sobre un territorio. El decomiso de más de mil explosivos, fusiles y municiones en el anexo La Porfía no es solo un logro policial; es una ventana hacia la anatomía de un poder informal que prospera donde la minería aurífera, los contratos públicos y la criminalidad comparten la misma geografía. La Fiscalía tiene ahora la tarea de nombrar lo que las armas no pueden decir por s