Hace más de un siglo, Sigmund Freud advirtió que ninguna necesidad en la infancia supera a la de la protección paterna — no como resguardo físico, sino como experiencia emocional que otorga al niño un suelo firme desde el cual crecer. En su visión, esos primeros años no son un prólogo olvidable, sino el origen silencioso de todo lo que seremos: nuestra capacidad de confiar, de vincularnos, de habitar la incertidumbre sin quebrarnos. Lo que el pensamiento freudiano nos recuerda es que el cuidado emocional temprano no es un privilegio — es una condición fundante de la vida psíquica.