En las profundidades del tiempo y del hielo ártico, un fósil olvidado durante décadas guarda la memoria de un superdepredador que habitó los océanos hace 240 millones de años. El Arctobatrachus urdensis, recuperado en la isla de Bjørnøya tras 37 años de abandono polar, no solo redefine los límites de tamaño conocidos para su grupo, sino que ilumina los primeros pasos evolutivos de los plagiosáuridos, criaturas que alguna vez dominaron activamente sus ecosistemas antes de volverse sedentarias. Como ocurre con los mejores hallazgos paleontológicos, este fósil no responde únicamente a preguntas c