En la intersección entre la tecnología de consumo y la salud humana, una pregunta antigua resurge con nueva urgencia: ¿podemos confiar en los números que nos damos a nosotros mismos? Alfredo Rodríguez, catedrático de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid, advierte que los relojes inteligentes no miden el sueño, sino que lo estiman a partir de señales indirectas, generando un mercado de ansiedad en torno a un ideal de descanso perfecto que no existe. Lo que comenzó como herramienta clínica se ha convertido en espejo distorsionado: cuanto más miramos, menos vemos con claridad.