Quienes construyeron desde adentro los sistemas de inteligencia artificial más avanzados del mundo —en OpenAI, Anthropic y Google— han comenzado a hablar con una claridad que incomoda: la humanidad no avanza al mismo ritmo que las máquinas que crea. Sus advertencias, que hace apenas dos años habrían sido descartadas como alarmismo, hoy resuenan en los pasillos del Congreso estadounidense, recordándonos que la distancia entre el progreso tecnológico y la sabiduría para gobernarlo puede ser, en sí misma, el riesgo más profundo.