En el corazón de Bruselas, Europa se enfrenta a una de las preguntas más antiguas del poder moderno: ¿cuánto vale un principio cuando su defensa tiene un costo? La Unión Europea, que durante décadas construyó su identidad regulatoria sobre la protección de los datos personales como derecho humano, evalúa ahora si permitir a las grandes empresas de inteligencia artificial acceder sin restricciones a esa información privada. La tensión no es meramente técnica ni económica — es una pregunta sobre qué clase de civilización quiere ser Europa en la era de los algoritmos.