Europa habita hoy una prosperidad construida sobre décadas de capital acumulado —instituciones, infraestructuras, talento—, pero economistas de peso advierten que ese patrimonio no se renueva solo. Mientras los europeos trabajan menos, viven más y gozan de protección social amplia, la brecha de productividad frente a Estados Unidos se ensancha desde los años noventa, impulsada por una revolución digital que el continente observó más que protagonizó. La paradoja no es que Europa esté mal, sino que puede estarlo si confunde el bienestar heredado con bienestar sostenible.