Durante siete décadas, Europa construyó su prosperidad bajo el amparo de una garantía de seguridad ajena. Hoy, con 17.500 millones de dólares en inversión defensiva —trece veces menos que Estados Unidos— y una guerra activa en sus fronteras orientales, el continente se enfrenta a la pregunta que siempre postergó: ¿puede sostenerse solo? La respuesta no es solo un problema de presupuesto, sino un espejo que refleja décadas de elecciones colectivas sobre qué tipo de poder quería ser Europa en el mundo.