En un mundo donde la inteligencia artificial redefine el poder geopolítico, Europa se encuentra ante una encrucijada singular: no lidera la innovación, pero aspira a gobernarla. Lucía Velasco, codirectora del Oxford AI Diplomacy Lab, articula con precisión este dilema continental — la apuesta europea no es por la velocidad, sino por los valores, buscando que sus marcos regulatorios se conviertan en la brújula moral de una tecnología que nadie comprende del todo. La pregunta que subyace no es técnica, sino filosófica: ¿puede quien establece las reglas del juego ganar una partida que otros están