En el Cuerno de África, donde la paz siempre ha sido frágil y la historia pesa como una deuda impagable, Etiopía y Eritrea han vuelto a romper el hilo diplomático que apenas habían tejido en 2018. Adís Abeba expulsó a diez diplomáticos eritreos y cerró su embajada en Asmara; Asmara respondió cortando toda relación con su vecino. Detrás del lenguaje protocolar de las convenciones violadas y las personas non gratas, se asoman viejas heridas: el mar que Etiopía perdió, los puertos que Eritrea no quiere ceder, y una guerra en Tigray que nunca terminó del todo.
Etiopía cierra embajada en Eritrea y Asmara rompe relaciones diplomáticas
Eritrea no tiene más remedio que responder con reciprocidad
¿Por qué Etiopía decidió cerrar su embajada ahora, después de mantenerla abierta durante ocho años?
El comunicado oficial dice que los diplomáticos eritreos incurrieron en "actos directos e indirectos de hostilidad y beligerancia", pero no especifica cuáles fueron esos actos. Lo que sí sabemos es que coincide con una nueva ofensiva militar del TPLF contra las tropas federales etíopes.
Exacto. El comunicado es vago sobre los actos específicos. Dice que amenazaban la seguridad nacional y violaban la Convención de Viena, pero no detalla qué hicieron realmente esos diez diplomáticos. Eso es importante porque la acusación es seria, pero la evidencia pública es escasa.
Eritrea dice que fue Etiopía la que actuó con hostilidad. ¿Quién tiene razón?
Ambos países se acusan mutuamente. Eritrea dice que Etiopía ha perseguido durante tres años una política de confrontación para acceder al mar Rojo, y que Etiopía ha entrenado y armado a grupos opositores eritreos. Etiopía no ha respondido públicamente a esas acusaciones específicas.
Lo que es verificable es que Etiopía no tiene salida al mar desde 1993, cuando Eritrea se independizó. El acceso al puerto de Assab es un interés estratégico real para Etiopía. Pero las acusaciones de Eritrea sobre entrenamiento de grupos opositores no están documentadas en el comunicado etíope. Son afirmaciones de Asmara sin confirmación independiente.
¿Qué significa esto para el acuerdo de paz de 2022?
El acuerdo de Pretoria cerró dos años de guerra entre el Gobierno federal y el TPLF, pero Eritrea no participó en las negociaciones. Ahora, con la ruptura diplomática y una nueva ofensiva militar en marcha, ese acuerdo está bajo presión.
Y aquí está lo crucial: durante la guerra anterior, Eritrea combatió junto a Etiopía contra el TPLF. Si Eritrea vuelve a intervenir militarmente, el conflicto se complica enormemente. Pero el comunicado de Eritrea no dice nada sobre intervención militar futura. Eso es una pregunta abierta.
Der Puls
- Etiopía expulsó a diez diplomáticos eritreos en 48 horas, acusándolos de amenazar la seguridad nacional y violar la Convención de Viena, cerrando una embajada que solo llevaba ocho años abierta.
- Eritrea respondió con ruptura diplomática total, vaciando su embajada en Adís Abeba y acusando a Etiopía de tres años de política de confrontación para arrebatarle acceso soberano al mar Rojo.
- Asmara denunció además que Etiopía acoge, entrena y arma a grupos opositores eritreos con el objetivo de desestabilizar el régimen y provocar un cambio de gobierno desde adentro.
- Simultáneamente, el TPLF declaró una nueva 'guerra defensiva' en el norte de Etiopía, reabriendo el conflicto que el acuerdo de Pretoria de 2022 pretendía haber cerrado.
- La gran incógnita que pende sobre la región es si Eritrea volverá a intervenir militarmente en Tigray, como lo hizo en la guerra anterior, con consecuencias devastadoras para la población civil.
En el Cuerno de África, donde la paz siempre ha sido frágil y la historia pesa como una deuda impagable, Etiopía y Eritrea han vuelto a romper el hilo diplomático que apenas habían tejido en 2018. Adís Abeba expulsó a diez diplomáticos eritreos y cerró su embajada en Asmara; Asmara respondió cortando toda relación con su vecino. Detrás del lenguaje protocolar de las convenciones violadas y las personas non gratas, se asoman viejas heridas: el mar que Etiopía perdió, los puertos que Eritrea no quiere ceder, y una guerra en Tigray que nunca terminó del todo.
Etiopía cerró esta semana su embajada en Asmara y dio 48 horas a diez diplomáticos eritreos para abandonar el país, acusándolos de actividades hostiles y violaciones de la Convención de Viena. El gesto clausuró una presencia diplomática reabierta apenas en 2018, cuando el acercamiento entre ambos gobiernos le valió al primer ministro Abiy Ahmed el Premio Nobel de la Paz.
Eritrea no tardó en responder: declaró la ruptura total de relaciones diplomáticas, cerró su embajada en Adís Abeba y rechazó las acusaciones etíopes, presentándose como víctima de una hostilidad que, según Asmara, lleva tres años en marcha. El Gobierno eritreo señaló que Etiopía persigue acceso soberano al mar Rojo —con referencias explícitas al puerto de Assab— y que además financia y arma a grupos opositores eritreos para provocar un cambio de régimen.
Para Etiopía, un país sin salida al mar desde la independencia eritrea en 1993, ese acceso costero es una cuestión de supervivencia económica y seguridad nacional. Para Eritrea, cederlo equivaldría a perder el activo geopolítico que define su existencia como Estado.
La crisis diplomática no llega sola. El Frente Popular para la Liberación de Tigray anunció días antes el inicio de una nueva ofensiva militar contra las tropas federales etíopes, reabriendo un conflicto que el acuerdo de Pretoria de noviembre de 2022 había intentado sellar. Ese pacto estableció una administración provisional en Tigray, pero dejó a Eritrea fuera de la mesa de negociaciones, a pesar de que sus tropas habían combatido junto al Ejército etíope durante la guerra anterior.
Ahora, con la arquitectura diplomática derrumbada y una nueva ofensiva en marcha, la pregunta que recorre el Cuerno de África es si Eritrea decidirá intervenir militarmente una vez más, y qué precio pagarán por ello los civiles de Tigray y la estabilidad de toda la región.
Etiopía cerró su embajada en Asmara esta semana y expulsó a diez diplomáticos eritreos, acusándolos de actividades que el Ministerio de Exteriores etíope describió como amenazas directas a la seguridad nacional y violaciones de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas. Los funcionarios recibieron 48 horas para abandonar el territorio etíope. La decisión marcó el fin de una presencia diplomática que había sido reabierta apenas en 2018, cuando un acercamiento entre ambos gobiernos cerró años de enfrentamientos y llevó al primer ministro etíope Abiy Ahmed a recibir el Premio Nobel de la Paz.
Eritrea respondió de inmediato con una ruptura total de relaciones diplomáticas. Su Ministerio de Exteriores anunció que no tenía "más remedio que responder con reciprocidad", y el cierre de la embajada eritrea en Adís Abeba se completó con la salida de todo su personal diplomático. El comunicado de Asmara rechazó las acusaciones etíopes y presentó la hostilidad como originaria del país vecino, no de Eritrea.
Las acusaciones cruzadas revelan grietas profundas que van más allá de los incidentes diplomáticos inmediatos. Eritrea acusó a Etiopía de perseguir durante tres años una política de confrontación diseñada para obtener acceso soberano al mar Rojo. Asmara afirmó que Adís Abeba buscaba puertos y zonas costeras eritreas, haciendo referencia específica a las tensiones históricas sobre el puerto de Assab. Para Etiopía, sin salida al mar desde la independencia de Eritrea en 1993, ese acceso representa una cuestión de seguridad nacional y viabilidad económica.
El Gobierno eritreo también acusó a Etiopía de acoger, entrenar y armar a grupos opositores eritreos para fomentar conflicto interno y buscar un cambio de régimen en Asmara. El Ministerio de Exteriores eritreo insistió en que su país había mantenido una postura de "paciencia y moderación" para evitar que la situación se agravara, pero que ya no podía tolerar lo que describió como una agenda etíope de "hostilidad incesante".
La crisis diplomática no ocurre en un vacío. Coincide con una nueva ofensiva militar en el norte de Etiopía, donde el Frente Popular para la Liberación de Tigray anunció la semana anterior el comienzo de una "guerra defensiva" contra las tropas federales. El TPLF acusó al Partido de la Prosperidad, la formación gobernante de Abiy Ahmed, de intensificar los ataques contra la población de Tigray. Este conflicto reabre un escenario que el acuerdo de Pretoria de noviembre de 2022 intentó cerrar después de dos años de guerra entre el Gobierno federal y las fuerzas de Tigray.
Ese acuerdo de 2022 estableció una administración provisional para la región de Tigray, pero Eritrea quedó fuera de las negociaciones. Durante la guerra anterior, las tropas eritreas combatieron junto al Ejército etíope contra el TPLF. Ahora, con la ruptura diplomática consumada y una nueva ofensiva militar en marcha, la arquitectura regional que se había construido con dificultad hace cuatro años amenaza con colapsar. La pregunta que flota sobre la región es si Eritrea volverá a intervenir militarmente en el conflicto etíope, y si lo hace, qué significará para las poblaciones civiles de Tigray y para la estabilidad de toda la región del Cuerno de África.
Bemerkenswerte Zitate
Eritrea acusó a Etiopía de perseguir durante tres años una política de confrontación destinada a lograr acceso soberano al mar Rojo— Ministerio de Exteriores de Eritrea
Etiopía acogió, entrenó y armó a grupos opositores de Eritrea para fomentar un conflicto interno— Gobierno de Asmara