Los vacunados que se infectaron no generaron infecciones secundarias
En el corazón de la campaña de vacunación más acelerada del mundo, investigadores israelíes encontraron en julio de 2021 una señal biológica capaz de distinguir a los vulnerables entre los protegidos: los niveles de anticuerpos neutralizantes. El estudio del Centro Médico Sheba, publicado en el New England Journal of Medicine, reveló que los trabajadores sanitarios vacunados que se infectaron tenían anticuerpos tres veces más bajos que quienes no enfermaron, y que ninguno de ellos transmitió el virus a otros. Este hallazgo, surgido en un momento en que la variante Delta empujaba nuevos rebrotes, ofreció a Israel —y al mundo— una brújula para decidir quién necesita una dosis de refuerzo y cuándo.
- Con la variante Delta disparando los contagios en Israel hasta superar los 2.000 casos diarios, la pregunta de si las vacunas seguían siendo suficientes se volvió urgente e inevitable.
- De 11.000 sanitarios completamente vacunados, solo 39 se infectaron, pero esos 39 casos revelaron una diferencia crítica: sus anticuerpos neutralizantes eran tres veces más bajos que los de quienes permanecieron sanos.
- La buena noticia fue contundente: ninguno de los 39 infectados transmitió el virus a otras personas, lo que sugiere que la vacunación sigue frenando la propagación incluso cuando no evita completamente la infección.
- El comité de expertos del Ministerio de Sanidad israelí aprobó ese mismo día la tercera dosis para personas mayores, traduciendo directamente los hallazgos científicos en política pública.
- El estudio abre la posibilidad de usar la medición de anticuerpos como herramienta de decisión clínica, señalando quién necesita refuerzo antes de que la protección se desvanezca por completo.
A principios de 2021, mientras Israel vacunaba a su población a un ritmo sin precedentes, los investigadores del Centro Médico Sheba de Tel Hashomer se hicieron una pregunta incómoda: ¿qué ocurría con quienes, pese a recibir ambas dosis, terminaban infectándose? Para responderla, siguieron durante tres meses a 11.000 trabajadores sanitarios completamente vacunados con Pfizer.
Solo 39 se infectaron. Pero lo que convirtió ese dato en portada del New England Journal of Medicine fue lo que esos 39 casos revelaron: sus niveles de anticuerpos neutralizantes eran tres veces más bajos que los de sus colegas que no enfermaron. Comparados con el pico de anticuerpos registrado justo después de la vacunación, la diferencia era aún mayor: siete veces inferior. El doctor Gili Regev-Yochay, director de la Unidad de Epidemiología de Enfermedades Infecciosas de Sheba, subrayó que esta correlación entre anticuerpos y riesgo de infección era precisamente lo que justificaba la publicación en una revista de tanto prestigio.
El estudio también aportó una noticia tranquilizadora: ninguno de los 39 infectados transmitió el virus a otras personas. Alrededor de un tercio no tuvo síntomas; el resto experimentó desde fiebre hasta pérdida prolongada del gusto y el olfato. Quienes tenían más anticuerpos presentaban además cargas virales más bajas, lo que reducía su capacidad de contagiar a otros.
Estos hallazgos llegaron en un momento crítico para Israel. El 29 de julio, día de la publicación, el país registró 2.165 nuevos casos —el tercero consecutivo por encima de los 2.000— impulsados por la variante Delta. Ese mismo día, el comité de expertos del Ministerio de Sanidad aprobó por mayoría la recomendación de administrar una tercera dosis de Pfizer a personas mayores, con debate sobre si el umbral debía fijarse en los 60 o los 70 años. Israel ya ofrecía refuerzos a inmunodeprimidos graves desde el 11 de julio; ahora, respaldado por evidencia científica, ampliaba esa estrategia. La medición de anticuerpos, concluyó Regev-Yochay, podría convertirse en la herramienta que guíe esas decisiones en todo el mundo.
En los primeros meses de 2021, mientras Israel aceleraba su campaña de vacunación contra el COVID-19 a un ritmo sin precedentes en el mundo, los investigadores del país comenzaron a hacer una pregunta incómoda: ¿qué pasaba con las personas que habían recibido ambas dosis y aun así se infectaban? Un equipo del Centro Médico Sheba de Tel Hashomer decidió buscar la respuesta en el grupo más expuesto: los trabajadores de la salud.
Los números iniciales parecían tranquilizadores. De 11.000 trabajadores sanitarios completamente vacunados que fueron monitoreados durante tres meses después de recibir su segunda dosis de Pfizer, solo 39 se infectaron. Pero lo que hizo que este hallazgo fuera publicado en la prestigiosa revista New England Journal of Medicine no fue la rareza de las infecciones, sino lo que revelaron sobre quiénes se enfermaban y por qué. El doctor Gili Regev-Yochay, director de la Unidad de Epidemiología de Enfermedades Infecciosas de Sheba, explicó que los investigadores compararon los niveles de anticuerpos de las personas infectadas con los de trabajadores similares que no se enfermaron. La diferencia fue dramática: quienes se infectaron tenían anticuerpos neutralizantes tres veces más bajos. Si se comparaba con el pico de anticuerpos registrado inmediatamente después de la vacunación, la brecha era aún más amplia: siete veces menor.
Este descubrimiento ofrecía una herramienta potencialmente valiosa para identificar quiénes estaban en mayor riesgo a pesar de estar vacunados. Pero el estudio también reveló algo más tranquilizador. De los 39 infectados, alrededor de un tercio no presentó síntomas. El 10% tuvo síntomas muy leves. Algunos experimentaron fiebre, otros reportaron síntomas prolongados como pérdida del gusto y olfato que duraron más de seis semanas. Lo crucial fue que ninguno de estos 39 casos generó infecciones secundarias. Javier Farina, infectólogo argentino y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología, subrayó este punto al comentar sobre el estudio: los vacunados que se infectaron no transmitieron el virus a otros, un dato que sugería que la vacunación seguía ofreciendo protección contra la propagación incluso cuando no prevenía completamente la infección.
La investigación también documentó una conexión directa entre el nivel de anticuerpos y la carga viral, es decir, la cantidad de partículas de virus en el cuerpo de una persona infectada. Quienes tenían mayores niveles de anticuerpos neutralizantes presentaban cargas virales más bajas, lo que significaba que tenían menos probabilidades de infectar a otros. Regev-Yochay enfatizó que esta correlación era la razón por la cual un estudio basado en un grupo relativamente pequeño había merecido publicación en una revista de tanto prestigio. Los hallazgos sugerían que medir los niveles de anticuerpos podría convertirse en una herramienta para decidir quién necesitaba una dosis de refuerzo.
En el contexto de Israel en julio de 2021, estas conclusiones llegaban en un momento crítico. El país había logrado vacunar al 59% de su población con el esquema completo y al 64% con al menos una dosis, alcanzando 123 dosis aplicadas por cada 100 habitantes, muy por encima del promedio mundial de 52. Pero a finales de junio, los casos comenzaron a repuntar. El 29 de julio, el día en que se publicaron estos hallazgos, Israel registró 2.165 nuevos casos, el tercer día consecutivo por encima de los 2.000 contagios. El país acumulaba 868.045 casos confirmados y 6.463 muertes desde el inicio de la pandemia.
Ese mismo día, el comité de expertos del Ministerio de Sanidad de Israel aprobó por mayoría absoluta la recomendación de administrar una tercera dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech a personas de edad avanzada. Aunque hubo desacuerdo sobre la edad exacta para iniciar el refuerzo—las opiniones oscilaban entre los 60 y los 70 años—la decisión reflejaba directamente los hallazgos del estudio de Sheba. El gobierno ya estaba ofreciendo terceras dosis a personas gravemente inmunodeprimidas desde el 11 de julio. Ahora, basándose en la evidencia de que los niveles de anticuerpos predecían el riesgo de infección, Israel se movía hacia una estrategia más amplia de refuerzos dirigidos.
Regev-Yochay concluyó que estos datos sobre la correlación entre anticuerpos e infección eran cruciales para identificar a la población en riesgo y determinar quién debería recibir una tercera dosis y cuándo. El estudio no explicaba cómo disminuía la eficacia de la vacuna con el tiempo, pero ofrecía un marcador biológico que podría guiar las decisiones futuras. Mientras la variante Delta comenzaba a dominar los nuevos casos en Israel y en otros países, la pregunta de quién necesitaba protección adicional se volvía cada vez más urgente.
Notable Quotes
Las personas que se infectaron tenían anticuerpos neutralizantes tres veces más bajos que los que no se infectaron. Si consideramos el pico de anticuerpos registrado tras la inoculación, el nivel de los infectados era siete veces menor.— Doctor Gili Regev-Yochay, director de la Unidad de Epidemiología de Enfermedades Infecciosas de Sheba
Un dato muy importante es que los vacunados que se infectaron no generaron infecciones secundarias.— Doctor Javier Farina, infectólogo argentino y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un estudio sobre solo 39 personas infectadas merece publicarse en una revista tan prestigiosa?
Porque encontraron algo que otros no habían documentado tan claramente: una correlación medible entre el nivel de anticuerpos y el riesgo real de infección. No es solo que algunas personas se infecten; es que podemos predecir quiénes basándonos en un análisis de sangre.
Pero si solo 39 de 11.000 se infectaron, ¿no significa que la vacuna funciona casi perfectamente?
Funciona muy bien, sí. Pero el punto es que no funciona igual para todos. Algunas personas vacunadas quedaron más desprotegidas que otras, y eso es lo que el estudio revela. Es la diferencia entre decir "la vacuna es efectiva" y decir "necesitamos saber quién está realmente protegido".
¿Y por qué es importante que ninguno de los infectados transmitiera el virus?
Porque cambia la narrativa. No es solo que algunos vacunados se enfermen; es que incluso cuando se enferman, no propagan la enfermedad. Eso sugiere que la vacunación sigue funcionando en un nivel más profundo, aunque los anticuerpos sean bajos.
¿Esto significa que Israel estaba usando estos datos para decidir quién necesitaba un refuerzo?
Exactamente. El estudio se publicó el 29 de julio, y ese mismo día el gobierno aprobó terceras dosis para mayores. No es coincidencia. Tenían un marcador biológico—los niveles de anticuerpos—que podía identificar a las personas vulnerables.
¿Qué pasaba con la variante Delta en todo esto?
El estudio se hizo cuando la variante Alfa dominaba. Delta era más transmisible y estaba comenzando a causar rebrotes en Israel. Los investigadores sabían que sus hallazgos sobre anticuerpos y protección podrían ser aún más relevantes con una variante más agresiva.