En una tormenta de abril de 2025 sobre Funes, Santa Fe, algo tan cotidiano como el granizo se convirtió en pregunta: vecinos observaron fragmentos de hielo que resistían el calor, y esa extrañeza impulsó a un grupo de investigadores independientes a buscar respuestas en laboratorios privados. Los hallazgos —microplásticos, metales y compuestos químicos en concentraciones que llamaron la atención— no resuelven el misterio, pero lo formalizan: la composición del cielo que nos cae encima merece ser examinada con rigor, transparencia y recursos a la altura de la pregunta.