En los pasillos de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, el silencio pesa tanto como la lluvia de Ithaca: una estudiante fue violada por siete compañeros hace dos años, la institución lo supo y no actuó, y solo cuando la víctima recurrió a los tribunales la historia salió a la luz. Lo que se debate ahora no es únicamente un crimen, sino la capacidad —o la voluntad— de las grandes universidades para proteger a quienes confían en ellas.
Estudiantes de Cornell denuncian la inacción universitaria tras caso de violación grupal
Ahora me siento mucho más insegura compartiendo clase con él
¿Por qué tardó dos años en presentarse una demanda si la universidad sabía del caso desde el principio?
Eso es lo que enfurece a los estudiantes. La universidad conocía los hechos pero no actuó. La víctima tuvo que esperar años para que se tomara en serio su caso.
Pero el artículo no explica por qué la universidad no actuó. ¿Hubo una investigación interna que fracasó? ¿Se ocultó deliberadamente? No sabemos.
Una estudiante dice que comparte clase con uno de los agresores. ¿Eso es legal?
Aparentemente sí, porque no ha sido expulsado. La universidad no ha tomado medidas disciplinarias visibles.
Aunque el artículo dice "supuestos agresores". Hay un proceso legal en marcha. No sabemos si fueron condenados o cuál es el estado actual de la demanda.
¿Es este un problema solo de Cornell o de todas las universidades?
Los estudiantes dejan claro que es un problema nacional. Dicen que ocurre en universidades de todo Estados Unidos, especialmente en fiestas de fraternidades.
Cierto, pero el artículo no ofrece datos sobre la prevalencia en otras universidades. Es lo que los estudiantes creen, pero no está verificado.
¿Qué rol jugaron las fraternidades en todo esto?
La agresión ocurrió en una fiesta de fraternidad. Algunos estudiantes ven las fraternidades como espacios donde este comportamiento es más probable.
Aunque Roman Viksich defiende a las fraternidades. El artículo muestra opiniones divididas, no un consenso sobre si las fraternidades son el problema.
¿Qué debería haber hecho Cornell?
Según los estudiantes, debería haber denunciado a los agresores ante las autoridades inmediatamente, investigado a fondo y tomado medidas disciplinarias.
Pero no sabemos qué dice la política de Cornell sobre estos casos, ni si hay restricciones legales sobre lo que puede hacer una universidad antes de que haya un veredicto legal.
Der Puls
- Una estudiante comparte aula con uno de los supuestos agresores que sigue inscrito en Cornell, y esa proximidad cotidiana convierte el miedo en algo concreto y permanente.
- La indignación no apunta solo al crimen sino a la institución: Cornell conocía el caso desde hace dos años y eligió la inacción, obligando a la víctima a demandar sola años después.
- Las fraternidades vuelven a quedar en el centro del debate, con estudiantes que las defienden como espacios de comunidad y otros que las señalan como entornos donde la violencia sexual encuentra cobertura.
- Varios estudiantes advierten que el problema trasciende a Cornell y revela un fallo estructural en cómo las universidades estadounidenses gestionan —o entierran— los casos de violencia sexual.
- Los supuestos agresores permanecen en el campus, la demanda judicial avanza, y la comunidad estudiantil convive con la incertidumbre de una justicia que aún no ha llegado.
En los pasillos de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, el silencio pesa tanto como la lluvia de Ithaca: una estudiante fue violada por siete compañeros hace dos años, la institución lo supo y no actuó, y solo cuando la víctima recurrió a los tribunales la historia salió a la luz. Lo que se debate ahora no es únicamente un crimen, sino la capacidad —o la voluntad— de las grandes universidades para proteger a quienes confían en ellas.
La lluvia no cesa sobre Ithaca, y en Cornell el silencio se ha vuelto una forma de hablar. Hace dos años, una estudiante fue violada por siete compañeros en una fiesta. La universidad lo supo. No hizo nada. Ahora, con la demanda de la víctima —conocida solo como Jane Doe— expuesta públicamente, el campus carga con una tensión que pocos se atreven a nombrar.
Quienes acceden a hablar lo hacen bajo anonimato. Una alumna de Ciencias de la Computación confiesa que comparte clase con uno de los supuestos agresores, todavía inscrito. "Cuando supe que era él, me estremecí", dice desde el Willard Straight Hall. Había asumido que las autoridades actuarían. No lo hicieron. Una futura estudiante de Derecho dice sentirse segura en el campus en general, pero jamás pondría un pie en una fiesta de fraternidad. Alice, de veintitrés años y la única que da su nombre, es directa: la universidad fue incapaz de denunciar a los agresores ante las autoridades, y eso, para ella, lo dice todo.
No todos comparten esa lectura. Roman Viksich, estudiante ucranio de Economía, lamenta que el escándalo manche la reputación de una institución con cerca de veinte mil alumnos. Cree que no deben sacarse conclusiones apresuradas y que las fraternidades, mal que les pese a sus críticos, generan lazos genuinos. Un compañero de Biología Humana lo contradice sin rodeos: la gestión ha sido un desastre desde el principio, y que la universidad intentara enterrar el caso bajo la alfombra es, para él, tan grave como el crimen mismo.
Lo que une a la mayoría es la convicción de que Cornell falló institucionalmente, y que ese fallo no es una anomalía sino un síntoma. "Hay un fallo estructural", resume una alumna. "Toda la sociedad debe repensar cómo abordar estos casos". Mientras tanto, los supuestos agresores siguen asistiendo a clase, la demanda sigue su curso, y los estudiantes de Cornell aprenden a convivir con la pregunta de quién está sentado a su lado.
La lluvia cae sobre Ithaca sin pausa, y en los pasillos de la Universidad de Cornell, los estudiantes hablan en susurros o no hablan en absoluto. Hace dos años, una compañera fue violada por siete estudiantes durante una fiesta regada con alcohol y drogas. La universidad supo del caso entonces. No actuó. Ahora, cuando la noticia ha salido a la luz pública y la víctima—conocida solo como Jane Doe—ha tenido que presentar una demanda años después de los hechos, el campus respira una tensión que nadie quiere nombrar directamente.
Los estudiantes que acceden a hablar lo hacen bajo anonimato. Una alumna de Ciencias de la Computación relata que comparte clase con uno de los supuestos agresores, quien aún sigue inscrito en la universidad. "Cuando supe que era él, me estremecí. Ahora me siento mucho más insegura", dice en el Willard Straight Hall, el corazón de la vida estudiantil de Cornell. Ella recuerda haber escuchado del caso hace dos años y haber asumido que las autoridades estatales y universitarias tomarían las medidas necesarias. La realidad fue distinta. "Fue horrible saber que nadie había hecho justicia. Y que algunos de los que hicieron esas cosas horribles siguen yendo a las clases", añade.
La frustración que expresa no es aislada. Una estudiante de dieciocho años que se prepara para estudiar Derecho señala que aunque se siente segura en el campus, evitaría cualquier fiesta de fraternidad, donde percibe que este tipo de comportamiento puede ocurrir con facilidad. Otra compañera va más allá: le preocupa casi más que Cornell no investigara a fondo el caso que el hecho de que la violación ocurriera. Alice, una estudiante de veintitrés años que cursa un máster en Ciencias Computacionales y es la única que ofrece su nombre de pila, es categórica: "Fue incapaz de denunciar a los agresores ante las autoridades". Para ella, como para otras, la respuesta de la universidad ha sido totalmente decepcionante.
No todos los estudiantes ven el problema de la misma manera. Roman Viksich, un estudiante ucranio de Economía, lamenta que el escándalo esté manchando la reputación de Cornell. Sostiene que la versión que circula ahora no coincide con lo que se decía en ciertos círculos hace dos años, así que prefiere no adelantar conclusiones. Aunque no pertenece a ninguna fraternidad, cree que ofrecen oportunidades valiosas para crear amistades y recuerdos compartidos. "No creo que sean gente peligrosa", dice. Para él, este tipo de agresiones ocurren en universidades de todo el país, y no debería arruinarse la reputación de un centro con aproximadamente veinte mil estudiantes por un caso, por grave que sea.
Un compañero de veinticuatro años que estudia Biología Humana, Salud y Sociedad rechaza esa perspectiva. Dice que su opinión sobre las fraternidades ya no era positiva antes de este caso, pero que ahora ve todo como un desastre desde el principio. "Que la chica no recibiera la atención desde el principio, que las autoridades educativas trataran de esconderlo debajo de la alfombra…. No se ha podido gestionar peor", sentencia.
Lo que emerge de estas conversaciones es un consenso inquietante: la mayoría de los estudiantes que hablan culpa a la universidad de mala gestión, de haber conocido el caso hace dos años sin tomar medidas oportunas. Pero varios van más allá, señalando que el problema no es exclusivo de Cornell. Una alumna lo resume así: "Aquí hay un fallo estructural. Toda la sociedad debe repensar cómo abordar estos casos". Otra nota que Nueva York tiene leyes más garantistas que otros estados como California para proteger a las víctimas de violencia sexual, pero que incluso eso no fue suficiente para que la universidad actuara.
Lo que queda sin resolver es qué sucederá ahora. Los supuestos agresores siguen en el campus. La demanda está en marcha. Y los estudiantes de Cornell siguen yendo a clase con la incertidumbre de quién está sentado a su lado.
Bemerkenswerte Zitate
Fue horrible saber que nadie había hecho justicia. Y que algunos de los que hicieron esas cosas horribles siguen yendo a las clases— Estudiante de Ciencias de la Computación
Aquí hay un fallo estructural. Toda la sociedad debe repensar cómo abordar estos casos— Estudiante de Ciencias de la Computación