En septiembre de 2026, la selección española femenina de baloncesto regresó de Berlín con una medalla de bronce mundial, un logro que no solo celebra una victoria deportiva sino que señala la madurez de un sistema que ha aprendido a cultivar el talento con paciencia y propósito. Figuras como Iyana Martín, formada desde las raíces asturianas hasta los escenarios globales, encarnan el tipo de trayectoria que convierte a los sueños colectivos en historia escrita. España no llegó a este podio por azar, sino como fruto de años de inversión silenciosa en personas, instituciones y confianza.