El cuerpo humano no distingue entre disciplina y castigo: solo responde a lo que recibe. La ciencia del ejercicio y la inmunidad revela que no es la intensidad sino la regularidad moderada lo que construye defensas duraderas, mientras que el exceso o el mal momento pueden abrir la puerta justo a lo que se intenta evitar. Saber leer las señales propias —dónde duele, cómo se duerme, cuánto cuesta levantarse— es, en sí mismo, una forma de inteligencia corporal que protege más que cualquier rutina heroica.