En el estudio de Yo Me Llamo, una noche de competencia recordó que imitar no es solo reproducir una voz, sino habitar un cuerpo, una historia, una emoción. Los jueces Amparo, César y Elder —lejos de permanecer inmóviles— se levantaron a bailar, señalando con su propio movimiento lo que las palabras técnicas apenas alcanzan a describir. La música, como siempre, exigió más de lo que promete.