En el escenario de Yo Me Llamo, dos imitadores se enfrentaron a esa tensión eterna entre el sentimiento y el oficio: la de Lady Gaga arrancó lágrimas y aplausos de pie, mientras la de Mon Laferte tropezó con el olvido en el momento menos oportuno. Los jurados, generosos en emoción pero rigurosos en criterio, recordaron a ambos que el arte de la imitación exige tanto el alma como la memoria. Es la vieja lección del escenario: conmover no basta si la forma se desmorona.