En Ceuta, ciudad fronteriza donde las tensiones migratorias se viven con especial intensidad, la ministra de Inclusión Elma Saiz ha alzado la voz contra una contradicción que considera moralmente insostenible: la de quienes reclaman el trabajo de los inmigrantes pero les niegan la dignidad que acompaña a todo ser humano. Su mensaje no es solo político, sino una invitación a la coherencia: no se puede extraer el valor de una persona sin reconocer su humanidad. En un momento en que los discursos divisivos buscan terreno fértil, Saiz confía en que la propia sociedad ceutí, forjada en la convivenc
Elma Saiz: "Algunos quieren inmigrantes, pero sin derechos"
Algunos quieren inmigrantes, pero sin derechos fundamentales
¿Por qué insiste tanto en que Ceuta es una sociedad madura? ¿Qué quiere decir exactamente?
Quiere decir que la gente allí ya entiende lo que necesita. No necesita que alguien de fuera venga a decirle qué pensar sobre los inmigrantes. Ceuta ha vivido esto durante años.
Pero entonces, ¿cuál es el problema que ve? ¿Quién son esos agitadores de fuera?
Son los que llegan con narrativas simples, con consignas que dividen. Gente que no vive allí, que no conoce las complejidades reales, pero que quiere usar Ceuta como escenario para sus propias batallas políticas.
Y la cuestión de los derechos, ¿es un problema real en Ceuta o es algo más general?
Es real en todas partes. Pero en Ceuta es más visible porque es fronteriza, porque la migración no es abstracta allí. Es tu vecino, es la persona que trabaja en el comercio. Y sí, hay sectores que quieren ese trabajo pero sin darle derechos a quien lo hace.
¿Cree que el Gobierno puede cambiar eso solo, o necesita que la sociedad también cambie?
Necesita ambas cosas. El Gobierno puede establecer marcos legales, protecciones. Pero si la sociedad no lo respalda, si sigue queriendo inmigrantes sin derechos, entonces los marcos no sirven de mucho.
¿Y cómo se convence a una sociedad de que los derechos de los inmigrantes son también sus derechos?
Mostrando que funciona. Que cuando los inmigrantes tienen derechos, la ciudad es más estable, más próspera. Que la dignidad no es un lujo, es la base de la convivencia.
The Pulse
- Existe una hipocresía extendida que la ministra nombra sin rodeos: se quiere mano de obra inmigrante, pero se rechaza concederle derechos básicos, creando ciudadanos de primera y de segunda.
- Los inmigrantes en Ceuta enfrentan discriminación activa y exclusión de protecciones fundamentales, lo que convierte su presencia en una forma de extracción sin reciprocidad.
- Agentes externos intentan amplificar tensiones en la ciudad, usando la cuestión migratoria como palanca para dividir a una población que, según Saiz, no necesita esa interferencia.
- El Gobierno responde reafirmando la inclusión como política de Estado: si una economía depende de la migración, tiene la obligación de garantizar derechos laborales y trato igualitario.
- La ministra, con más presencia en Ceuta que cualquier otro miembro del Ejecutivo, apela a la madurez de su sociedad multicultural como el verdadero antídoto frente a los discursos de odio.
En Ceuta, ciudad fronteriza donde las tensiones migratorias se viven con especial intensidad, la ministra de Inclusión Elma Saiz ha alzado la voz contra una contradicción que considera moralmente insostenible: la de quienes reclaman el trabajo de los inmigrantes pero les niegan la dignidad que acompaña a todo ser humano. Su mensaje no es solo político, sino una invitación a la coherencia: no se puede extraer el valor de una persona sin reconocer su humanidad. En un momento en que los discursos divisivos buscan terreno fértil, Saiz confía en que la propia sociedad ceutí, forjada en la convivencia, sea capaz de discernir sus verdaderos intereses.
Elma Saiz, ministra de Inclusión, ha visitado Ceuta con una frecuencia que ningún otro miembro del Gobierno puede igualar. Esa cercanía le ha permitido identificar con claridad una contradicción que considera inaceptable: hay sectores que exigen trabajadores inmigrantes para sostener su economía, pero se niegan a reconocerles derechos fundamentales. Quieren, en sus propias palabras, ciudadanos de primera y de segunda categoría.
Saiz denuncia que esta lógica no es solo injusta, sino incoherente. Si una ciudad o una economía necesita mano de obra migrante, esa necesidad lleva implícita una obligación moral y política: garantizar protección laboral, acceso a derechos básicos y trato igualitario. No es posible beneficiarse del trabajo de una persona mientras se le niega su dignidad.
La ministra también rechaza la idea de que Ceuta necesite voces externas para entender sus propios problemas. Describe a la sociedad ceutí como madura, capaz de gestionar sus tensiones sin la intervención de agitadores que llegan con consignas prefabricadas y sin conocimiento real del terreno. Esa madurez, sugiere, es el fruto de años de convivencia en una ciudad fronteriza y multicultural.
Lo que está en juego, en última instancia, es si la inmigración será tratada como un proceso que respeta derechos o como una simple extracción de valor humano. El Gobierno, a través de Saiz, apuesta con claridad por lo primero, y lo hace desde la presencia y la escucha, no desde la distancia.
Elma Saiz, ministra de Inclusión, ha pasado más tiempo en Ceuta que cualquier otro miembro del Gobierno. Esa proximidad le ha dado una perspectiva clara sobre lo que ve como una contradicción fundamental en cómo algunos sectores de la sociedad abordan la inmigración.
En sus declaraciones, Saiz señala una hipocresía que considera extendida: hay quienes demandan trabajadores inmigrantes para cubrir necesidades económicas, pero simultáneamente rechazan otorgarles derechos fundamentales. Quieren, en sus palabras, ciudadanos de primera y de segunda categoría. Esta división, sostiene, revela una postura que busca beneficiarse del trabajo migrante mientras niega la dignidad y protección que corresponde a toda persona.
La ministra rechaza también la narrativa de que Ceuta necesita agitadores externos para resolver sus problemas. Describe a la sociedad ceutí como madura, capaz de entender por sí misma cuáles son sus intereses y sus valores. Este comentario parece dirigido a quienes desde fuera de la ciudad intentan amplificar tensiones o impulsar discursos que dividan a la población en torno a la cuestión migratoria.
Lo que Saiz plantea es una cuestión de coherencia política y moral. Si una economía necesita mano de obra migrante, entonces esa necesidad viene acompañada de una obligación: garantizar que quienes llegan tengan acceso a derechos básicos, protección laboral, y trato igualitario. No se puede, desde su perspectiva, extraer el beneficio económico mientras se niega lo demás.
Esta posición refleja el compromiso del Gobierno con la inclusión como política de Estado. No es un argumento abstracto sobre valores, sino una observación sobre cómo funcionan realmente las ciudades que reciben migración. Ceuta, fronteriza, multicultural, ha vivido estas tensiones de manera particularmente aguda. La madurez que Saiz atribuye a su sociedad es, probablemente, el resultado de haber tenido que convivir con estas realidades durante años.
La ministra también está diciendo algo sobre quién tiene derecho a hablar en estos debates. No son los agitadores externos, sino la gente que vive allí, que conoce el terreno, que ha construido relaciones y convivencia. Esa es la voz que debe escucharse, no la de quienes llegan con consignas prefabricadas.
Lo que está en juego es si la inmigración será un proceso que respete derechos o si será simplemente una extracción de valor. Saiz apuesta por lo primero, y lo hace desde una posición de quien ha estado presente, escuchando, entendiendo cómo vive realmente la gente en una ciudad como Ceuta.
Notable Quotes
La sociedad de Ceuta es madura, no necesita agitadores de fuera— Elma Saiz, ministra de Inclusión
Algunos quieren inmigrantes, pero sin derechos; quieren ciudadanos de primera y de segunda— Elma Saiz, ministra de Inclusión