Elena López Riera: "Me jode que las mujeres modulen la voz según con quién hablen"

Estoy hasta el coño de que las mujeres tengan que hablar de manera diferente
López Riera rechaza la modulación de voz según contexto social, herencia de sus abuelos en la posguerra española.
Mark

Cuando dice que le molesta que las mujeres modulen la voz, ¿habla de algo que ve en su entorno o de algo más estructural?

Mimi

De ambas cosas. Lo vio en su familia, en sus abuelos que cambiaban de manera de hablar según a quién se dirigían. Pero eso es síntoma de algo más grande: cómo la clase social, el género, el origen geográfico nos obligan a cambiar constantemente.

Luke

¿Pero ella misma no está modulando cuando dice que habla muy fuerte? Es decir, ¿no está también adaptándose, solo que en la dirección opuesta?

Mimi

Quizá. Pero lo que ella rechaza es la idea de que esa adaptación sea necesaria, que tengamos que hacerla para ser aceptadas.

Mark

Y sobre el poder en el cine, ¿realmente cree que es posible ejercer poder sin que haya violencia, como ella sugiere?

Mimi

Ella misma lo dice: la violencia está en todas partes, en lo cotidiano. Lo que le preocupa es que simplificamos tanto que dejamos de verla.

Luke

Pero eso es un poco circular, ¿no? Si la violencia está en todas partes, entonces ejercer poder es ejercer violencia, y entonces su defensa del poder es una defensa de la violencia.

Mimi

No exactamente. Lo que ella dice es que hay que ser conscientes de ello, que no podemos fingir que existe la horizontalidad total.

Mark

¿Y la naturaleza? ¿Por qué es importante para ella que entendamos que la naturaleza está diseñada por el ser humano?

Mimi

Porque vivimos dentro de ese relato sin verlo. Creemos que estamos contemplando algo natural cuando en realidad estamos dentro de una construcción humana.

Luke

Pero ¿eso no es un poco determinista? Es decir, ¿no hay nada de naturaleza que no sea humano?

Mimi

Claro que hay. Pero ella creció en un paisaje completamente domesticado, y ama eso. Lo que rechaza es la idea de que podemos separar la naturaleza de nosotros.

Mark

¿Cree que sus películas son políticas?

Mimi

Ella dice que no sabe, que lo dirán otras personas. Pero hay algo que le parece más importante que hacer películas militantes: que la gente en su rodaje no sufra.

  • López Riera casi retira su propia película tras una proyección en su pueblo que dejó al público confundido, pero en lugar de ceder, decidió que su obra —imperfecta o no— era suya y no la tocaría.
  • La selección inmediata de esa película en Cannes convirtió su acto de resistencia personal en una validación pública, tensando aún más la pregunta sobre quién tiene autoridad para juzgar el arte.
  • La directora denuncia que las mujeres modulan su voz —tono, volumen, acento— según el contexto social y de género, una adaptación constante que ella ve como una forma silenciosa de violencia estructural.
  • Reivindica el poder de mando en el rodaje sin disculpas, rechazando el discurso de la horizontalidad que, según ella, infantiliza a las cineastas en lugar de empoderarlas.
  • Su nueva videopieza desafía la idea romántica de naturaleza heredada de la Ilustración, proponiendo que el paisaje mediterráneo que conoce —naranjos, ríos de cemento— es una construcción humana tan cultural como cualquier ciudad.

Elena López Riera, cineasta nacida en Orihuela y formada entre la academia y el arte, lleva sus películas a Cannes sin hacer concesiones, convencida de que el poder de dirigir no es una contradicción sino una responsabilidad. En un momento en que el cine de autoría femenina sigue negociando su lugar, ella elige hablar fuerte —sobre la voz, sobre el paisaje, sobre quién decide— como acto político y estético a la vez. Su trayectoria sugiere que la autenticidad, incluso cuando incomoda, es la única forma de hacer algo verdadero.

Elena López Riera llegó a la Semana de la Crítica de Cannes con una película que estuvo a punto de no existir tal como es. Tras una proyección en su pueblo natal de Orihuela que dejó al público desconcertado, alguien le sugirió que reconsiderara. Ella llamó a su montadora y le dijo lo que llevaba veinte años callando: tenía 42 años, dos décadas de críticas encima, y no iba a hacer concesiones hasta que alguien le pusiera diez millones de euros sobre la mesa. Lo que había hecho sola era suyo, para bien o para mal. Dos días después, la película fue seleccionada en Cannes sin cambios.

Esa decisión resume a López Riera: directora, videoartista con obra en el MoMA, académica en universidades de Ginebra, San Sebastián y Madrid, y nieta de vendedores ambulantes del levante mediterráneo. Desde su primer largometraje, El agua, lleva la etiqueta de cineasta revelación. Ahora prepara el estreno de Las novias del sur y presenta en el festival Mayrit una videopieza titulada Todas las tormentas tienen nombre de santo.

Una de sus obsesiones más persistentes es la voz: cómo las mujeres la modulan —el tono, el volumen, el acento— según con quién hablan. Lo vio en sus abuelos, que cambiaban su discurso dependiendo del interlocutor durante la posguerra española. Lo ha visto reproducirse en todas partes. Ella decidió no hacerlo. Habla fuerte y sabe que eso la hace blanco de críticas, pero está convencida de que esa modulación constante es una forma de violencia cotidiana que nadie nombra.

Sobre el poder, es igualmente directa: manda en sus rodajes y no se disculpa por ello. Rechaza el discurso que exige horizontalidad en los equipos creativos, al que considera una forma de paternalismo disfrazado de progresismo. Hay una diferencia, dice, entre ejercer el poder que te corresponde como directora y ser una abusadora, y simplificar esa diferencia es precisamente lo que impide hablar con honestidad sobre la violencia —no solo la física, sino la que está en lo cotidiano y en lo constante.

Su videopieza parte de una convicción: la idea de naturaleza que manejamos en Occidente es una invención del siglo XVII que seguimos habitando sin cuestionarla. Creció en un paisaje fabricado —hileras de naranjos, ríos reconducidos por canales de cemento— y lo ama tal como es, contaminado y domesticado. Lo que quiere explorar es cómo hemos construido ese relato y cómo seguimos viviendo dentro de él sin verlo.

Elena López Riera llegó a la Semana de la Crítica de Cannes con una película que casi rechaza. Hace poco más de un año, la directora de Orihuela mostró Las novias del sur a un grupo de amigos en su pueblo. La reacción fue la de siempre: confusión, fragmentación, la sensación de estar perdido. Alguien le sugirió que reflexionara, que volviera a casa y pensara bien las cosas. Así lo hizo. Llamó a su montadora y le dijo algo que llevaba veinte años guardándose: tenía 42 años, dos décadas escuchando críticas sobre su trabajo, y no iba a hacer concesiones hasta que alguien le diera un presupuesto de diez millones de euros. Esto que había hecho ella sola, aunque fuera una mierda, era su mierda. Dos días después, la película fue seleccionada tal cual en Cannes.

Esa anécdota resume quién es López Riera: alguien que dice en voz alta lo que otros callan, que sitúa sus dudas antes que sus certezas, que viene de un pueblo del levante mediterráneo donde sus abuelos fueron vendedores ambulantes durante ocho generaciones. Ha sido académica, investigadora, profesora en universidades de Ginebra, San Sebastián y Madrid, videoartista con obra en el PS1 MoMA de Nueva York. Desde 2022 lleva la etiqueta de cineasta revelación gracias a El agua, su primer largometraje, que también pasó por Cannes. Ahora, mientras Las novias del sur se prepara para llegar a las salas, proyecta una videopieza en el festival Mayrit llamada Todas las tormentas tienen nombre de santo, una reflexión sobre cómo hemos aprendido a entender la naturaleza de manera equivocada.

Lo que más le molesta es ver a las mujeres cambiar de voz según con quién hablen. Lo vio en su casa, en sus abuelos que modulaban el discurso, el tono, incluso el volumen dependiendo de a quién se dirigían. Eso la enfurece. Ha pasado años viéndolo reproducirse en todas partes: gente que cambia su acento para no parecer paleta, mujeres que hablan más bajo en ciertos contextos, personas de orígenes distintos que se adaptan constantemente. Ella decidió no hacerlo. Habla fuerte, lo sabe, y la critican por ello. Pero está hasta el coño de que las mujeres tengan que modular su voz según las circunstancias personales, amorosas, sentimentales, de género, incluso económicas. Es una obsesión suya: cómo hablamos está conectado con todo lo que somos.

No le importa que la vean como el estereotipo de lo que odian ciertos sectores: mujer, feminista, autora de cine social. Tiene amigos que votan a Vox. Creció en un pueblo donde no podías cambiar de pandilla, donde convivías con gente de ideologías completamente distintas porque no había opción. Sus amigas de Madrid, que son de capital, le dicen que están hartas de hacer pedagogía política y feminista, que ya no tienen amigos fuera de su cuerda. Ella entiende que tengan razón, pero no creció así. Funciona por dos mecanismos: ir al exterior sin pensar, atreverse con cosas desde pequeña, y luego volver para ver qué le provoca eso por dentro. A veces duele, a veces sana. Pero es ir y volver constantemente.

Sobre el poder, no tiene ningún problema en decirlo: manda. Ejerce su poder en el rodaje sin miedo. Sabe que hay una escala de grises entre asumir el poder que tienes como directora y ser una abusadora o una dictadora. Viene de un colectivo artístico, sabe lo que es trabajar en equipo. Pero está hasta el coño del discurso bienpensante que rechaza el poder y quiere que todo sea horizontal. Eso, dice, es infantilizar a las mujeres y paternalizarlas. No quiere que sus películas sean horizontales. Le gusta decidir. ¿Por qué no tendría derecho a elegir el plano que quiere en una película que lleva cinco años intentando sacar adelante? El poder y la violencia son cosas complejísimas, y abordarlos en una entrevista es suicida, pero hay algo que le preocupa: simplificamos tanto que dejamos de hablar de ellas. La violencia no es solo física. Está en todas partes, en lo cotidiano, en lo constante. Ejercemos poder constantemente, ejercemos violencia constantemente, y somos víctimas de violencia constantemente.

Sobre la naturaleza, tiene una idea clara: en Occidente, el paisaje y la noción de la naturaleza se inventaron en el siglo XVII. Seguimos atrapados en ese relato de la Ilustración, en la idea de una naturaleza romantizada, algo previo a nosotros que estamos ahí para contemplar. No es cierto. Los naranjos, los limoneros, las palmeras del levante no aparecieron por generación espontánea. Creció en un paisaje completamente fabricado, diseñado y dibujado por el ser humano: hileras de árboles, ríos reconducidos por cemento. Ama esa naturaleza domesticada, llena de mierda y contaminada. Le parece extremadamente bello, o interesante, o ambas cosas. No está segura. Pero eso es lo que quiere explorar en su videopieza: cómo hemos construido la idea de naturaleza, cómo la hemos diseñado, y cómo seguimos viviendo dentro de ese relato sin verlo.

Tengo 42 años, llevo 20 escuchando esto sobre mi trabajo. Estas concesiones que me piden las haré cuando me den una película de diez millones de euros. Pero esto es algo que he hecho yo sola.
— Elena López Riera, a su montadora sobre Las novias del sur
No quiero que mis películas sean horizontales. Lo siento, me gusta decidir.
— Elena López Riera, sobre el ejercicio del poder en el cine
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