En un momento en que la inteligencia artificial promete automatizar la mirada, una corriente contraria gana terreno: la grabación de vídeo en formato RAW, que preserva los datos visuales sin procesar y devuelve al creador la última palabra sobre la imagen. Desde el iPhone 17 Pro hasta cámaras compactas de cine como la Nikon ZR, la industria democratiza una capacidad antes reservada a grandes estudios, invitando a una reflexión antigua sobre quién —o qué— debe interpretar la realidad.
El vídeo RAW en móviles desafía la IA: del iPhone 17 Pro a la Nikon ZR
Capturar la imagen antes de cualquier intervención de máquina
¿Por qué ahora? ¿Por qué la industria empieza a producir cámaras RAW justo cuando la IA está en todas partes?
Creo que es una reacción. Mientras la IA promete automatizar todo, algunos creadores quieren recuperar el control total. El RAW es lo opuesto a dejar que un algoritmo decida cómo se ve tu imagen.
Pero espera. ¿Cuántos creadores realmente necesitan esto? El iPhone 17 Pro es caro, y grabar en RAW genera archivos enormes. ¿Esto es para profesionales o para el consumidor promedio?
Probablemente para ambos, pero de formas diferentes. El profesional lo usa para tener control absoluto. El consumidor avanzado lo usa porque ahora puede hacerlo sin gastar cincuenta mil dólares en una cámara de cine.
El ejemplo de George Miller y Furia en la carretera es poderoso. ¿Significa que sin RAW no habría podido hacer esa película?
No exactamente. Habría encontrado otra forma. Pero el RAW le dio herramientas específicas para resolver un problema específico: capturar detalles en condiciones de luz extrema.
Aquí hay algo que no está claro en la fuente. ¿Cuánta gente realmente está usando estas herramientas? ¿Hay datos sobre adopción? Porque es fácil hablar de democratización cuando el producto acaba de salir.
Es verdad. Estamos en el momento de anuncio, no de adopción real. Motion Cam Pro existe desde hace tiempo en Android, pero no sabemos cuántos la usan.
¿Y la IA? ¿Desaparece?
No. Coexisten. Algunos creadores usarán RAW y posproducción manual. Otros dejarán que la IA corrija sus videos. Probablemente la mayoría hará ambas cosas.
Lo que me interesa es esto: si el RAW requiere equipamiento potente y flujos de trabajo complejos, ¿realmente es más democrático que la IA, que simplifica todo?
Es democrático en un sentido diferente. La IA te quita decisiones. El RAW te da decisiones. Cuál prefieras depende de lo que busques.
O Pulso
- La IA domina el horizonte de la imagen digital, pero una tendencia inesperada la contradice: cada vez más dispositivos permiten grabar sin que ningún algoritmo toque los datos.
- El iPhone 17 Pro rompe una barrera histórica al ofrecer grabación nativa en Apple ProRes RAW, un formato que hasta hace poco exigía cámaras de cine de decenas de miles de dólares.
- Nikon lanza la ZR para grabar RAW sin discos externos ni riesgo de sobrecalentamiento, mientras aplicaciones como Motion Cam Pro llevan el Cinema DNG a teléfonos Android.
- El verdadero cambio no es más resolución, sino más información por píxel: mayor rango dinámico y libertad de corrección en posproducción que antes era privilegio de los grandes estudios.
- El costo es real: archivos enormes, flujos de trabajo complejos y equipamiento potente, lo que convierte esta libertad creativa en un desafío técnico considerable.
- La tensión entre el dato bruto y la interpretación algorítmica no se resolverá pronto; ambos caminos coexistirán, y en ese equilibrio podría nacer un nuevo lenguaje audiovisual.
En un momento en que la inteligencia artificial promete automatizar la mirada, una corriente contraria gana terreno: la grabación de vídeo en formato RAW, que preserva los datos visuales sin procesar y devuelve al creador la última palabra sobre la imagen. Desde el iPhone 17 Pro hasta cámaras compactas de cine como la Nikon ZR, la industria democratiza una capacidad antes reservada a grandes estudios, invitando a una reflexión antigua sobre quién —o qué— debe interpretar la realidad.
Mientras la inteligencia artificial avanza sobre cada rincón de la creación visual, la industria tecnológica hace algo sorprendente: fabricar herramientas cada vez más asequibles para capturar imágenes sin que ningún algoritmo las toque. El formato RAW en vídeo es la apuesta opuesta a la automatización: datos visuales sin comprimir, sin interpretación de máquina, con el creador como único árbitro de la imagen final.
El símbolo más visible de este giro es el iPhone 17 Pro, el primer teléfono con grabación nativa en Apple ProRes RAW. Además, incorpora la tecnología Open Gate, que aprovecha todo el sensor en formato 4:3 y unos 12 megapíxeles, frente a los 8 del vídeo 4K convencional, permitiendo reencuadrar las imágenes en posproducción. Nikon, tras adquirir la legendaria Red One, acaba de presentar la ZR, una cámara de cine compacta que almacena RAW internamente sin discos externos y sin riesgo de sobrecalentamiento en rodajes largos. En Android, aplicaciones como Motion Cam Pro ya ofrecen Cinema DNG, tratando cada fotograma como un archivo fotográfico en bruto.
La tendencia tiene raíces. Hace dieciséis años, Esquire publicó en portada una imagen de Megan Fox extraída de vídeo RAW grabado con una Red ONE 4K, demostrando que la fotografía de calidad profesional podía nacer del vídeo. Lo que entonces exigía equipamiento especializado y costoso hoy cabe en un bolsillo. El caso del director George Miller rodando Furia en la carretera ilustra el poder del RAW: grabó bajo el sol extremo del desierto australiano y ajustó exposición y color fotograma a fotograma en posproducción, preservando matices que cualquier procesado automático habría destruido.
El cambio de fondo no es cuántos píxeles se capturan, sino cuánta información contiene cada uno. El RAW ofrece mayor rango dinámico y libertad de corrección que antes era privilegio de los grandes estudios. Pero tiene un precio: archivos de tamaño descomunal, flujos de trabajo complejos y hardware potente. La tensión entre el dato bruto y la corrección algorítmica no desaparecerá; ambos caminos coexistirán. En ese equilibrio —entre la precisión del RAW y la imaginación de la IA— podría estar naciendo un nuevo lenguaje audiovisual.
Mientras la inteligencia artificial promete automatizar cada rincón de la creación visual—desde la generación de imágenes hasta la corrección de vídeo—la industria tecnológica está haciendo algo inesperado: producir herramientas cada vez más accesibles para capturar imágenes sin que ningún algoritmo intervenga. El formato RAW en vídeo representa una apuesta deliberada por lo opuesto a la automatización: conservar los datos visuales sin procesar, sin compresión, sin interpretación de máquina, dejando que sea el creador quien decida cómo deben verse las imágenes finales.
El iPhone 17 Pro se ha convertido en el símbolo más visible de este cambio. Es el primer teléfono que permite grabar vídeo en formato Apple ProRes RAW de forma nativa, una capacidad que hasta hace poco estaba reservada a cámaras de cine digital profesionales de decenas de miles de dólares. Pero el teléfono de Apple hace algo más: soporta la tecnología Open Gate, que permite capturar vídeo en formato 4:3 usando todo el sensor de imagen con una resolución de aproximadamente 12 megapíxeles, en lugar de los 8 megapíxeles del vídeo 4K convencional. Esto significa que los creadores pueden recortar y reencuadrar las imágenes después de grabarlas, ganando flexibilidad en la posproducción. Nikon, que adquirió la legendaria empresa de cámaras de cine Red One, acaba de lanzar la ZR, una cámara de cine compacta diseñada específicamente para almacenar vídeo RAW internamente sin necesidad de discos duros externos, con la promesa de que no se sobrecalentará ni se apagará durante rodajes prolongados. En el ecosistema Android, aplicaciones independientes como Motion Cam Pro ya permiten grabar en Cinema DNG, un formato de vídeo RAW que trata cada fotograma como un archivo de fotografía en bruto.
Esta tendencia no surge de la nada. Hace dieciséis años, la revista Esquire publicó en su portada una fotografía de la actriz Megan Fox extraída de un vídeo capturado con una Red ONE 4K, una cámara de cine digital que podía captar imágenes en bruto con una resolución de aproximadamente ocho megapíxeles. Fue un experimento que demostró que era posible obtener fotografías de calidad profesional a partir de vídeo RAW. Lo que entonces requería equipamiento especializado y costoso ahora empieza a ser accesible en teléfonos y cámaras compactas. El fotógrafo Ramón Masats ya había explorado territorio similar en los años sesenta, utilizando fotogramas de cine como negativos fotográficos para su serie documental Conozca usted España, demostrando que la frontera entre fotografía y vídeo siempre fue más porosa de lo que parecía.
Para entender por qué esto importa, considérese el caso del director George Miller y su película Furia en la carretera. Rodar en plena luz del día en el desierto australiano presentaba un desafío extremo: la intensa radiación solar provocaba desajustes severos en la exposición. Miller grabó en bruto y luego realizó una posproducción intensiva, ajustando colores y luminosidad fotograma a fotograma, logrando que incluso el cielo ardiente del desierto conservara matices y profundidad. Eso es lo que permite el formato RAW: capturar la imagen antes de cualquier compresión o procesamiento automático realizado por la cámara, preservando la máxima cantidad de información visual.
El cambio que representa el vídeo RAW es más profundo que un simple aumento de resolución. En la década de 2010, el gran avance fue la grabación en 4K. Ahora, lo que cambia no es cuántos píxeles se capturan, sino cuánta información contiene cada píxel. El formato RAW ofrece mayor rango dinámico, más capacidad de corrección en posproducción, y permite ajustar la exposición, el contraste y el equilibrio de blancos con una libertad que antes estaba reservada a los grandes estudios cinematográficos. Pero esta libertad tiene un costo: requiere equipamiento potente, flujos de trabajo complejos, y archivos de tamaño descomunal que demandan almacenamiento y procesamiento significativos.
Lo que emerge de esta tendencia es una tensión fundamental en la tecnología de imagen. Por un lado está la inteligencia artificial, que promete simplificar el proceso creativo mediante automatización y corrección algorítmica. Por el otro está el retorno deliberado al dato sin procesar, a la materia prima visual sin intervención de máquina. No son tendencias que se excluyan mutuamente, sino dos caminos que coexistirán. Las nuevas generaciones de creadores deberán aprender a moverse en ese equilibrio, eligiendo cuándo dejar que la IA interprete sus imágenes y cuándo capturar la realidad bruta para procesarla manualmente. Quizás sea en esa tensión, entre la precisión del RAW y la imaginación de la IA, donde nazca un nuevo lenguaje audiovisual. O quizás muchos simplemente rechacen la IA como rechazaron sin mayores consecuencias los efectos visuales generados por ordenador hace una década.
Citações Notáveis
El vídeo en RAW otorga al creador la posibilidad de ajustar la exposición, el contraste o el equilibrio de blancos con una libertad antes reservada a los grandes estudios de cine— Análisis del artículo