El vaciamiento del sentido de la paternidad en la sociedad posmaterialista

Hay vidas más ligeras pero menos habitadas
Una reflexión sobre cómo la búsqueda de autonomía y experiencias ha dejado existencias vacías de propósito profundo.
Mark

¿Entonces dices que la ciencia muestra que los padres son más plenos, pero la sociedad moderna los desalienta?

Mimi

No es desaliento exacto. Es que la paternidad perdió su estatus de norma inevitable. Ahora compite con otras cosas que antes no podían competir: viajes, carreras, experiencias. Y eso es libertad real, pero también significa que el sentido que antes venía automático ahora hay que buscarlo.

Mark

¿Y lo encuentran?

Mimi

Algunos sí. Pero muchos descubren que reemplazaron una fuente de sentido por otra que no llena el mismo espacio. Un trabajo prestigioso no es lo mismo que saber que alguien depende de ti, que tu vida tiene continuidad.

Mark

Suena como si dijeras que cometimos un error al rechazar la paternidad como norma.

Mimi

No es un error. Es una pérdida. Ganamos libertad, pero perdimos algo que daba peso a la existencia. Y no siempre vemos eso hasta que es tarde.

Mark

¿Entonces la solución es volver a las normas antiguas?

Mimi

No. Pero sí reconocer que las fuentes de sentido no se eligen como se elige un producto. Algunas cosas nos eligen a nosotros.

  • Los datos científicos incomodan: padres y madres reportan mayor plenitud que quienes no tienen hijos, y esa conclusión enciende debates en cualquier mesa donde convivan distintas generaciones.
  • Desde los años noventa, el giro posmaterialista documentado por Inglehart despojó a la paternidad de su carácter de norma incuestionable y la colocó a competir en igualdad de condiciones con los viajes, la carrera profesional y la construcción de una identidad propia.
  • El vacío dejado por las fuentes tradicionales de sentido no quedó vacante: fue ocupado por nuevas formas de consumo —experiencias, estéticas, títulos con nombre en inglés— que prometen trascendencia sin obligación.
  • La pregunta que el debate sobre felicidad no logra responder es más honda: hay vidas más ligeras y libres que, sin embargo, parecen menos habitadas, y hay pesares que, lejos de empobrecer, señalan que algo —o alguien— nos trasciende.

En las sociedades occidentales prósperas, la paternidad ha dejado de ser un destino compartido para convertirse en una elección personal entre muchas otras, siguiendo la lógica que el sociólogo Ronald Inglehart llamó el giro posmaterialista. Este desplazamiento no suprimió la necesidad humana de sentido, sino que la redirigió hacia el consumo de experiencias e identidades. La ciencia confirma que quienes tienen hijos se sienten más plenos, aunque más cansados, lo que invita a preguntarse si el sentido verdadero se elige libremente o si, en parte, simplemente nos encuentra.

Hace poco, un análisis publicado en este diario recordaba algo que la ciencia ya había documentado: los padres y las madres, pese al cansancio, se sienten más plenos que quienes no tienen hijos. La observación no es nueva, pero sigue encendiendo conversaciones entre quienes tienen menos de cuarenta años y aún están decidiendo cómo vivir.

Detrás de esa tensión hay un cambio histórico. A partir de los años noventa, el sociólogo Ronald Inglehart documentó el tránsito de las sociedades occidentales desde valores materialistas —supervivencia, orden, conformidad— hacia valores posmaterialistas: autonomía, autoexpresión, elección personal. En ese nuevo marco, la paternidad no desapareció como deseo, pero perdió su condición de expectativa automática. Se convirtió en una opción más, compitiendo en igualdad con los viajes, la carrera o la construcción de una identidad propia. El sentido tradicional de tener hijos —la continuidad, el legado, la trascendencia— se vació de su autoridad natural.

Esa rebelión contra las convenciones, que Cortázar supo encarnar con elegancia en los sesenta, prometía libertad. Pero la libertad sin ancla derivó, en generaciones posteriores, hacia el individualismo vacío y la apatía. Las fuentes de sentido no desaparecieron: simplemente se disfrazaron de consumo. Hoy consumimos experiencias, identidades y estilos de vida con la misma lógica con que antes se buscaba dejar algo al mundo o recibir algo de él.

Reducir el debate a quién es más feliz —padres o no padres— es quedarse corto. La felicidad es demasiado pasajera para explicar ciertas realidades. Hay vidas más ligeras, más libres de horarios y obligaciones, que resultan, sin embargo, menos densas, menos habitadas. Y hay cansancios que no empobrecen sino que enriquecen, porque son señal de que existe algo —normalmente alguien— que nos trasciende.

Hace poco, un periodista publicó en este diario un análisis respaldado por investigación científica: los padres y las madres, aunque más cansados, se sienten más plenos que quienes no tienen hijos. No es una observación nueva ni particularmente sorprendente para algunos, pero sigue siendo motivo de discusión acalorada en cualquier reunión familiar donde haya gente menor de cuarenta años dispuesta a debatir.

Esta tensión refleja algo más profundo que ocurrió en las últimas décadas. A partir de los años noventa, el sociólogo Ronald Inglehart comenzó a documentar un cambio fundamental en las sociedades occidentales: el tránsito desde valores materialistas hacia valores posmaterialistas. Su observación era clara: cuando las personas crecen en contextos de mayor prosperidad y seguridad, dejan de estar obsesionadas por la supervivencia básica, el orden social o la conformidad. En su lugar, buscan autonomía, autoexpresión y la capacidad de elegir sus propios caminos. Este cambio no significa que la gente deje de querer hijos. Significa algo más sutil pero más radical: la paternidad dejó de ser una norma social incuestionable, una expectativa que simplemente se cumplía. Se convirtió en una opción entre muchas otras.

Esta transformación permitió que otras prioridades entraran en competencia directa con la reproducción. Las experiencias de viaje, la autorrealización profesional, la construcción de una identidad propia, la libertad de movimiento: todas estas cosas ahora podían reclamar un lugar en la vida de una persona con la misma legitimidad que la paternidad. El sentido tradicional de tener hijos —la continuidad, la trascendencia, el legado— se vació de su autoridad automática.

Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿el sentido se elige o simplemente se recibe? Julio Cortázar, ese escritor que encarnaba el espíritu de los sesenta, escribió una frase que captura bien esta querencia moderna de relativizar todo: "Tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos". Era una declaración de libertad, una rebelión contra las herencias y convenciones que parecían una cárcel. Pero esa rebelión, en nombre de la aparente libertad, terminó encerrando a las generaciones siguientes en nuevas prisiones: las del individualismo sin ancla, la apatía profunda, el vacío.

Lo que pasó es que las fuentes tradicionales de sentido fueron reemplazadas, no eliminadas. Simplemente se sustituyeron por formas modernas de consumo. Ya no consumimos solo productos; consumimos experiencias, identidades, incluso personas. Un trabajo prestigioso con nombre en inglés, un pasaporte lleno de sellos de viajes, un cuerpo de atleta de élite: estas cosas ocupan ahora el lugar donde antes estaba la idea de tener a alguien a quien legarle el mundo, o la conciencia de que alguien nos legó el nuestro.

Si en esa sobremesa de verano alguien plantea el debate en términos de felicidad —padres versus no padres, quién es más feliz— se quedarán cortos. La felicidad es demasiado pasajera, demasiado estrecha para explicar ciertas realidades de la vida. Hay vidas más ligeras, más cómodas, libres de obligaciones y horarios, y sin embargo menos densas, menos habitadas. Y hay cansancios y pesares que no empobrece la vida sino que la enriquecen: son señales de que hay algo —normalmente alguien, incluso Alguien— que trasciende al cansado y al cansancio mismo.

Tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré
— Julio Cortázar, en Rayuela
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