En junio de 1981, el circuito del Jarama fue escenario de una victoria que el tiempo convertiría en elegía: Gilles Villeneuve, remontando desde la séptima posición, se impuso en el último Gran Premio de Fórmula 1 celebrado en Madrid, ante apenas 25.000 espectadores que se atrevieron a acudir bajo la sombra de amenazas terroristas de ETA y tensiones políticas que envenenaban el ambiente. Diez meses después, Villeneuve moriría en Zolder, y aquella tarde en el Jarama quedaría suspendida en la memoria como el último destello de algo irrecuperable.