El calendario turístico, durante décadas gobernado por la lógica del verano, está siendo reescrito por millones de viajeros que eligen mayo, septiembre y octubre como sus meses de vacaciones. Impulsados por precios más accesibles, destinos menos saturados y climas más benignos, estos viajeros no siguen una moda sino una convicción creciente: que el mejor viaje no es necesariamente el que ocurre cuando todos viajan. Este desplazamiento silencioso hacia la temporada baja podría redistribuir la presión turística y ofrecer a las economías locales una bocanada de aire fresco durante meses histórica