Un barbero sudanés llamado Hamed lidera servicios informales en el campamento, cobrando uno o dos euros por cortes de pelo mientras espera asilo tras huir de la guerra. Los migrantes han construido infraestructuras improvisadas con cartones y materiales reciclados, incluyendo una mezquita señalizada en arena con tetrabriks de leche como paredes.
El Trampolín: un poblado de migrantes que se autoorganiza entre cartones y creciente tensión
Mañana, mañana, responden en francés cuando preguntan por el peluquero
¿Por qué Hamed sigue trabajando como barbero si está esperando asilo? ¿No debería estar enfocado en resolver su situación legal?
Porque esperar no es pasivo. Hamed necesita mantener su dignidad, su identidad. Fue barbero en Sudán, y seguir siéndolo aquí, aunque sea en una playa con cartones, le devuelve algo de control sobre su vida. Además, gana dinero para sobrevivir.
¿Cuál es la diferencia entre Hamed y los magrebíes que protestaban el domingo?
La geografía de la guerra. Hamed huye de un conflicto activo en Sudán, lo que le da una posición más fuerte en los criterios de asilo. Los magrebíes vienen de países donde, aunque hay dificultades, no hay guerra declarada. El sistema los trata diferente, y ellos lo saben.
¿Cómo es posible que hayan construido una mezquita con tetrabriks de leche?
Porque la necesidad y la fe encuentran materiales donde sea. Los tetrabriks vienen de los picnics de Cruz Roja. No es una mezquita real, pero marca un espacio sagrado, una dirección hacia La Meca. Es lo que pueden hacer con lo que tienen.
¿Qué significa que Hamed desaparezca cada noche con sus herramientas?
Significa que no confía en que sus cosas estén seguras mientras duerme. Cada noche guarda lo que tiene en una mochila junto a su cartón. Es la realidad de vivir sin nada, sin protección, sin un lugar cerrado donde dejar tus posesiones.
¿Por qué la tensión crece entre grupos de migrantes?
Porque la escasez crea jerarquías. Algunos recibirán asilo más fácilmente que otros. Algunos tendrán acceso a refugio antes. Cuando todo es precario, cualquier ventaja percibida se convierte en una injusticia gritada.
El Pulso
- Hamed Salah al-Din, barbero sudanés de 31 años, huyó de la guerra en 2025 y ahora trabaja en la playa de El Trampolín
- Más de cien migrantes murieron en el cruce desde Marruecos a Ceuta
- El campamento tiene más de cien tiendas de cartón y palmas, con una mezquita improvisada hecha con tetrabriks de leche
- Cruz Roja distribuye comida a aproximadamente 4.000 personas en El Trampolín
- Decenas de migrantes magrebíes protestaron el domingo demandando igualdad en el acceso a asilo
Un barbero sudanés llamado Hamed lidera servicios informales en el campamento, cobrando uno o dos euros por cortes de pelo mientras espera asilo tras huir de la guerra. Los migrantes han construido infraestructuras improvisadas con cartones y materiales reciclados, incluyendo una mezquita señalizada en arena con tetrabriks de leche como paredes.
Decenas de migrantes subsaharianos viven en condiciones precarias en la playa El Trampolín de Ceuta, donde han desarrollado estructuras de autogestión como una barbería, mezquita improvisada y torneos comunitarios mientras aguardan tramitación de asilo.
En la playa de El Trampolín, en el norte del istmo de Ceuta, Hamed Salah al-Din guarda cada noche su maquinilla de afeitar, sus tijeras y un espejo en una mochila junto al cartón sobre el que duerme. Tiene 31 años, es sudanés, y trabajaba como barbero antes de que la guerra y la crisis humanitaria lo obligaran a huir en 2025. Tras atravesar Libia y Argelia, arriesgó su vida cruzando el Estrecho. Ahora, mientras espera una resolución de asilo y sueña con llegar a Reino Unido, ha vuelto a su antiguo oficio en esta playa donde decenas de migrantes resisten a la intemperie.
Hamed cobra uno o dos euros por cada corte de pelo, o trabaja gratis para quienes se han convertido en sus amigos durante la espera. El sábado a mediodía afeita a un hombre senegalés que lleva quince días durmiendo al raso. Su barbería es modesta: un taburete blanco roto, un palé azul donde reposan las herramientas, un cactus de peluche como adorno. Algunas cosas las encontró en la playa; otras las compró con dinero ahorrado para el viaje; sus amigos le han regalado el resto. Toma el agua de un baño público con dos inodoros que está impecablemente limpio, mantenido por migrantes que se turnan para limpiar después de cada uso.
Lo que comenzó como un amontonamiento de hombres rechazados del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, que estaba lleno, se ha transformado en un poblado de más de cien tiendas de cartón y palmas. La mayoría son subsaharianos que huyen de la guerra y el hambre, aunque también hay argelinos, marroquíes y tunecinos. Todos son hombres. Cruz Roja distribuye comida a alrededor de 4.000 personas, aunque no todos pernoctan en la playa. A metros de la barbería de Hamed, otros migrantes han construido una mezquita cuyo contorno está señalizado en la arena, con tetrabriks de leche vacíos como paredes y una tubería rota que hace de minarete apuntando hacia La Meca. Los cartones provienen de los picnics que Cruz Roja reparte, que incluyen pan, proteína, fruta y galletas.
La vida en El Trampolín ha generado su propia economía y sus propias formas de pasar el tiempo. Mientras Hamed atiende a un cliente tras otro, otros hombres juegan fútbol en la arena o participan en torneos de lucha libre donde medio centenar forma un círculo alrededor de dos combatientes. Cuando alguien gana, la multitud lo levanta entre risas y gritos, a veces lanzándolo al mar. Un senegalés ha extendido una manta vendiendo ropa usada, zapatos viejos, tabaco, gafas y una maquinilla de afeitar más vieja que la de Hamed. Algunos migrantes se cocinan en hornillos dentro de cabañas construidas con palos, cartones y palmas, comprando alimentos en supermercados cercanos o pescando en la misma playa.
La playa está llena de basura: restos de hogueras, chanclas olvidadas, latas de atún vacías. El suelo es insalubre, aunque este sábado el levante dispersa el olor a sal marina, a diferencia de otros asentamientos cercanos donde el hedor a excremento es abrumador. No hay datos precisos sobre cuántos migrantes viven en El Trampolín, pero la cifra de distribución de comida sugiere una población considerable.
El domingo por la tarde, Hamed continúa trabajando sin parar. Mientras corta el pelo a uno, otro se acerca haciendo gestos para indicar cómo quiere su peinado. Hamed asiente y levanta la mano indicando que espere. Es un hombre de pocas palabras, con una perilla decolorada, trenzas en el cabello y gafas azul marino modernas. Ni siquiera se detiene para comer a la única hora del día en que Cruz Roja distribuye raciones, pasadas las seis de la tarde, cuando también llegan médicos voluntarios para examinar heridas y enfermedades.
Ese domingo hay mucha tensión en El Trampolín. Decenas de migrantes magrebíes han organizado una sentada y se niegan a comer, demandando asilo. "¡Todos los migrantes son iguales!", gritan. Saben que otros, como Hamed, que huye de la guerra de Sudán, tendrán un trato administrativo ligeramente más favorable. Cuando cae el sol y las hogueras del campamento se encienden, Hamed ya no está en su barbería. Su maquinilla, sus tijeras, su espejo han desaparecido. Cuando se le pregunta a otros hombres dónde está, varios subsaharianos responden al unísono en francés: "¿Le coiffeur? ¿Le coiffeur?" —preguntando por el peluquero—. Luego añaden: "¡À demain! ¡À demain!" —mañana, mañana—. La vida en El Trampolín continúa.
Citas Notables
Todos los migrantes son iguales— Migrantes magrebíes en protesta en El Trampolín
¿Le coiffeur? ¿Le coiffeur? ¡À demain! ¡À demain!— Compañeros subsaharianos de Hamed, preguntando por el peluquero