Durante décadas, la ciencia ha intentado medir el impacto de la tecnología en la salud con una sola cifra: las horas frente a una pantalla. Una revisión de 389 estudios publicados entre 2019 y 2024 revela que esa simplificación encubre realidades radicalmente distintas, desde el trabajo sedentario hasta el juego intensivo, cada una con sus propios riesgos y mecanismos. La pregunta no es cuánto tiempo miramos una pantalla, sino qué hacemos, cómo y con qué propósito, porque los números simples, aunque reconfortantes, rara vez capturan la complejidad de cómo vivimos.