En los albores del Sistema Solar, cuando el caos era la norma y los mundos aún buscaban su lugar, el Sol pudo haber consumido un planeta rocoso de proporciones colosales. Investigadores de la Universidad de Ege en Turquía proponen que ese antiguo cataclismo dejó huellas químicas medibles en las entrañas de nuestra estrella, huellas que explicarían simultáneamente dos anomalías que han desconcertado a los astrofísicos durante décadas. Si la teoría se confirma, el Sol tranquilo que hoy nos da vida habrá revelado un pasado de devorador de mundos.