En el año 78 de nuestra era, el científico chino Zhang Heng construyó un sismógrafo capaz de detectar terremotos y señalar su dirección mediante un ingenioso sistema de dragones, bolas y ranas, sin más principio que la inercia. Occidente no superaría este invento hasta el siglo XVIII, más de dieciséis siglos después. Su historia nos recuerda que el progreso humano no ha seguido una sola línea, y que muchas de sus cimas más altas fueron alcanzadas en silencio, lejos de los relatos que hemos heredado.