En España, la ignorancia no avanza por ausencia de voces, sino por exceso de ellas: expertos y políticos llenan el espacio público con pronunciamientos que imitan la forma del conocimiento sin poseer su sustancia. Este fenómeno, antiguo en su naturaleza pero nuevo en su escala, erosiona la capacidad colectiva de distinguir entre lo que se sabe y lo que simplemente se afirma con solemnidad. La sociedad española se encuentra ante una paradoja dolorosa: nunca hubo tanta información disponible, y sin embargo la verdad nunca fue tan difícil de encontrar.