El saber ya no ocupa lugar: expertos y políticos pontifican mientras crece la ignorancia

La ignorancia prospera gracias a quienes pontifican sin sustancia
El artículo sostiene que expertos y políticos contribuyen activamente al avance de la desinformación.
Mark

¿Qué quiere decir exactamente con que los expertos pontifican sin fundamento? ¿Hay ejemplos concretos?

Mimi

Es más un patrón que un evento específico. Ves a alguien presentado como experto hacer una afirmación con total seguridad sobre algo donde la evidencia es mixta o incompleta. Y nadie lo cuestiona porque tiene el título, la credencial.

Luke

Pero el artículo no da ejemplos. ¿De qué sector estamos hablando? ¿Economía, salud, política? Sin casos concretos, es difícil saber si esto es un diagnóstico real o una impresión.

Mimi

Es una impresión, tienes razón. Pero es una impresión que muchos comparten. La gente siente que no puede confiar en lo que le dicen las autoridades.

Mark

¿Y eso es culpa de los expertos, o es culpa de cómo se comunica la incertidumbre? Porque la ciencia siempre tiene márgenes de error.

Mimi

Ambas cosas. Los expertos a menudo no comunican bien esos márgenes. Y los políticos directamente los ignoran.

Luke

Pero aquí hay un riesgo. Si decimos que los expertos son parte del problema porque hablan sin fundamento, ¿no estamos alimentando la desconfianza en la expertise misma? ¿No es eso lo que queremos evitar?

Mimi

No es desconfianza ciega. Es exigencia de honestidad. Hay una diferencia entre decir "no confío en los expertos" y decir "quiero que los expertos sean honestos sobre lo que no saben".

Mark

¿Y cómo se sale de esto? ¿Qué necesitaría cambiar?

Mimi

Que quienes hablan desde la autoridad reconozcan sus límites. Que distingan entre hechos y opiniones. Que admitan cuando se equivocan.

Luke

Eso suena bien en teoría. Pero ¿quién lo va a hacer? ¿Un político que admite incertidumbre pierde poder. Un experto que dice "no sé" pierde credibilidad en el mercado de la atención.

Mimi

Exacto. Y ese es el problema estructural. El sistema incentiva la pontificación, no la honestidad.

  • Los canales que deberían transmitir conocimiento están contaminados por afirmaciones sin fundamento lanzadas con la misma seguridad que los hechos verificados.
  • Políticos y supuestos especialistas se contradicen sin reconocerlo, generando una desconfianza que ya no distingue entre el experto honesto y el charlatán.
  • Ante la pontificación vacía de las autoridades, la ciudadanía se repliega hacia redes sociales y grupos de mensajería que al menos no fingen una credibilidad que no tienen.
  • La ignorancia prospera no a pesar de quienes deberían combatirla, sino gracias a ellos: su ruido crea el vacío que otros se apresuran a llenar.
  • Lo que está en juego es la capacidad misma de una sociedad para saber —para separar la opinión del hecho, la especulación del conocimiento— y esa capacidad se estrecha cada día.

En España, la ignorancia no avanza por ausencia de voces, sino por exceso de ellas: expertos y políticos llenan el espacio público con pronunciamientos que imitan la forma del conocimiento sin poseer su sustancia. Este fenómeno, antiguo en su naturaleza pero nuevo en su escala, erosiona la capacidad colectiva de distinguir entre lo que se sabe y lo que simplemente se afirma con solemnidad. La sociedad española se encuentra ante una paradoja dolorosa: nunca hubo tanta información disponible, y sin embargo la verdad nunca fue tan difícil de encontrar.

Hay algo que ocurre en España con la quietud de lo inevitable: la ignorancia avanza mientras quienes deberían frenarla no dejan de hablar. Expertos, políticos, figuras de autoridad llenan el espacio público con pronunciamientos que suenan a verdad sin serlo. El problema no es nuevo, pero su escala sí: el sistema de verificación que alguna vez funcionó ha colapsado, y cualquiera puede pontificar sin consecuencias.

Lo más corrosivo es que esta pontificación vacía tiene efectos reales. Cuando una declaración sin fundamento circula con el peso de la autoridad, la verdad y la falsedad se vuelven indistinguibles. La ignorancia no avanza porque la gente sea estúpida, sino porque los canales por los que debería fluir el conocimiento están contaminados.

En España persiste una tradición de respeto por la autoridad, pero está siendo socavada. La gente ve a expertos y políticos afirmar hoy lo contrario de lo que dijeron ayer, sin reconocer el cambio. Y entonces, racionalmente, se pregunta por qué debería creer a ninguno de ellos. La respuesta es el repliegue hacia fuentes que al menos no fingen una autoridad que no poseen.

Lo que está en juego es la capacidad de una sociedad para saber: para distinguir entre una afirmación fundada y una que no lo es, para reconocer cuándo alguien habla desde el conocimiento y cuándo desde la especulación. Esa capacidad exige humildad de quienes hablan desde posiciones de poder. En España, esa humildad escasea. Y mientras escasea, la brecha entre lo que la gente sabe y lo que cree saber no deja de ensancharse.

Hay un fenómeno que se despliega en España con la quietud de algo inevitable: mientras la ignorancia avanza, quienes deberían frenarla —los expertos, los políticos, los que ocupan espacios de autoridad— hablan sin cesar. Pero sus palabras, cada vez más, carecen de peso. Son pronunciamientos que suenan a verdad sin serlo, afirmaciones que se lanzan al aire público como si fueran hechos cuando apenas son opiniones revestidas de solemnidad.

El problema no es nuevo, pero su escala sí lo es. En otros tiempos, cuando alguien con credenciales hablaba, había una presunción de que sabía algo. Ahora esa presunción se ha erosionado. No porque los expertos sean menos competentes —muchos siguen siéndolo— sino porque el ruido que los rodea es ensordecedor. Cualquiera puede pontificar. Un político puede hacer una afirmación sin base y ser reporteado como si fuera noticia. Un supuesto especialista puede aparecer en un panel de televisión y decir lo que le venga en gana. El sistema de verificación que alguna vez funcionó ha colapsado.

Lo que resulta particularmente corrosivo es que esta pontificación vacía no ocurre en el vacío. Tiene consecuencias reales. Cuando un experto hace una declaración sin fundamento sólido, contribuye a un ecosistema donde la verdad y la falsedad se vuelven indistinguibles. Cuando un político afirma algo sin evidencia, no solo miente: erosiona la capacidad colectiva de saber qué es verdad. La ignorancia no avanza porque la gente sea estúpida. Avanza porque los canales por los que debería fluir el conocimiento están contaminados.

En España, este fenómeno tiene características particulares. Hay una tradición de respeto por la autoridad que persiste, pero está siendo socavada por una desconfianza creciente. La gente ve a los expertos y a los políticos hablar con la misma seguridad sobre cosas que no saben. Ven contradicciones. Ven a alguien que ayer decía una cosa y hoy dice la opuesta, sin reconocer el cambio. Y entonces, racionalmente, se preguntan: ¿por qué debería creer a cualquiera de ellos?

La consecuencia es un repliegue hacia fuentes de información que al menos tienen la honestidad de no pretender ser lo que no son. Redes sociales, grupos de WhatsApp, podcasts de amigos. No son mejores fuentes de verdad, pero al menos no insultan la inteligencia del oyente fingiendo una autoridad que no poseen. En cierto sentido, la ignorancia prospera no a pesar de los expertos y los políticos, sino gracias a ellos. Su pontificación sin sustancia crea un vacío que se llena de otra cosa.

Lo que está en juego es la capacidad de una sociedad para saber. No para creer lo que alguien le diga, sino para distinguir entre una afirmación fundada y una que no lo es. Para entender cuándo alguien habla desde el conocimiento y cuándo desde la especulación. Para reconocer los límites de lo que se puede saber con certeza. Esas capacidades requieren que quienes hablan desde posiciones de autoridad sean honestos sobre lo que saben y lo que no. Requieren humildad. Requieren que se diga claramente cuándo algo es una opinión y cuándo es un hecho.

En España, esa honestidad escasea. Y mientras escasea, la ignorancia crece. No como resultado de la falta de información —hay más información disponible que nunca— sino como resultado de la contaminación de los canales por los que esa información fluye. Los expertos y los políticos que pontifican sin fundamento no son la solución a este problema. Son parte del problema. Y mientras sigan hablando sin decir nada, la brecha entre lo que la gente sabe y lo que cree saber seguirá ensanchándose.

La ignorancia no avanza porque la gente sea estúpida. Avanza porque los canales por los que debería fluir el conocimiento están contaminados.
— Análisis del artículo
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