En el corazón de la mayor apuesta tecnológica de la historia, una pregunta incómoda comienza a resonar con fuerza: ¿están las inversiones en inteligencia artificial construidas sobre cimientos reales o sobre el aire frágil de las expectativas? Con seis billones de dólares comprometidos hasta 2030 y rendimientos proyectados que apenas justifican el riesgo, la humanidad se enfrenta, una vez más, al viejo dilema entre la fe en el progreso y la aritmética implacable del capital.