En la noche del martes, el Rayo Vallecano se despidió de Butarque de la única manera que un club puede honrar su propia historia: con una victoria. El 2-1 ante el Espanyol no fue solo un resultado deportivo, sino el cierre ceremonial de una era, el último latido de un estadio que ha sido testigo de décadas de alegrías y fracasos compartidos. Como ocurre con todos los adioses verdaderos, lo que importa no es tanto el marcador como el peso de lo que se deja atrás.