El cobre ha alcanzado máximos históricos no como señal de prosperidad global, sino como reflejo de restricciones de oferta y distorsiones comerciales que presionan a los mismos sectores que alimentan su demanda. La inteligencia artificial, la defensa y los vehículos eléctricos —motores del rally bursátil reciente— se encuentran atrapados en una paradoja: su propio crecimiento encarece el metal que necesitan para seguir creciendo. En un mercado donde abrir una nueva mina puede tardar más de una década, la tensión entre demanda estructural y oferta rígida no tiene solución rápida.