El «quita y pon» de apagones en Cuba agota a pobladores sin patrón ni alivio

Miles de cubanos sufren daños económicos por electrodomésticos dañados, personas quedan atrapadas en ascensores, y servicios de salud y educación operan en mínimos.
Ya hemos cogido cultura de apagones
Heidi Martínez, administradora de un edificio en Alamar, refleja la resignación de cien mil habitantes ante cortes sin patrón ni alivio.
Mark

¿Por qué el "quita y pon" es peor que un apagón prolongado y predecible?

Mimi

Porque tu cuerpo y tu casa no pueden adaptarse. Si sabes que no hay luz de ocho de la noche a las seis de la mañana, organizas tu vida alrededor de eso. Pero cuando la luz se va cada veinte minutos, cada hora, sin patrón, los electrodomésticos se dañan. Los refrigeradores se queman. Las personas quedan atrapadas en ascensores. Es la incertidumbre convertida en daño físico.

Mark

¿Cuánto tiempo lleva así Alamar?

Mimi

Desde dos mil veintitrés. Tres años. Para algunos, ya es normal. Para otros, es insoportable. La diferencia es que algunos tienen dinero para reparar lo que se daña, y otros, como Gladys, tienen una pensión de seis dólares al mes.

Mark

¿Esto es solo un problema de Alamar?

Mimi

No. Alamar es donde se ve más claramente porque es un barrio periférico con cien mil personas viviendo juntas. Pero toda Cuba está sin combustible desde enero. La diferencia es que en otros lugares los apagones son largos y predecibles. Aquí son cortos, frecuentes e impredecibles.

Mark

¿Qué significa que Cuba produce solo un tercio de sus necesidades energéticas?

Mimi

Significa que incluso sin embargo, Cuba no podría alimentar su propia demanda de electricidad. Las centrales son viejas, se rompen constantemente, y no hay dinero para repararlas o reemplazarlas. El embargo simplemente aceleró el colapso.

Mark

¿Qué pasará en febrero y marzo?

Mimi

Los expertos dicen que la situación se va a poner mucho peor. Sin combustible, los hospitales no pueden funcionar. El transporte público se detiene. Todo depende del combustible. Cuando no hay, todo se detiene.

  • El martes pasado, más del 64% del país quedó sin electricidad simultáneamente en el momento de máxima demanda, el apagón más extenso del que se tiene registro en Cuba.
  • El patrón caótico de cortes —llamado 'quita y pon' por los vecinos de Alamar— destruye electrodomésticos sin previo aviso, atrapando personas en ascensores y dejando sin herramientas a quienes trabajan desde casa.
  • Una profesora jubilada con pensión de seis dólares mensuales tuvo que pagar once dólares para reparar su refrigerador, ilustrando cómo la crisis energética amplifica la pobreza ya existente.
  • El Gobierno ha activado un paquete de contingencia severo: hospitales y transporte en servicios mínimos, universidades en modalidad remota y combustible severamente racionado en toda la isla.
  • Expertos independientes advierten que entre febrero y marzo la situación se agravará de forma crítica, amenazando con paralizar transversalmente todos los sectores de la economía cubana.

Desde enero de 2026, Cuba atraviesa su crisis energética más severa en décadas: sin combustible importado por el embargo petrolero estadounidense y con centrales termoeléctricas obsoletas que apenas cubren un tercio de la demanda, millones de cubanos enfrentan entre quince y veinte horas diarias sin electricidad. No se trata solo de oscuridad, sino de una cadena de colapsos que alcanza hospitales, escuelas, ascensores y refrigeradores, revelando la fragilidad acumulada de una infraestructura sometida durante años a la escasez y al aislamiento. La isla aguarda los meses de febrero y marzo como un umbral crítico, mientras sus habitantes aprenden, una vez más, a vivir en los márgenes de lo posible.

Heidi Martínez, administradora de viviendas de 53 años en Alamar, rescata vecinos atrapados en ascensores varias veces por semana. Lo hace con una linterna de celular y una resignación que ella misma resume así: "Ya hemos cogido cultura de apagones". En este barrio de cien mil habitantes en las afueras de La Habana, los cortes de electricidad no siguen ningún patrón: pueden durar veinte minutos o varias horas, sin que nadie pueda anticiparlos. Los vecinos los llaman "quita y pon", y generan una frustración particular que, según algunos, supera incluso a los apagones prolongados de otras regiones, porque al menos esos permiten organizarse.

La crisis tiene raíces estructurales y un detonante reciente. Cuba apenas produce un tercio de su energía con centrales termoeléctricas envejecidas, y desde el 9 de enero de 2026 no ha recibido combustible importado debido al embargo petrolero estadounidense. El resultado es devastador: entre quince y veinte horas diarias sin electricidad en toda la isla, con un pico histórico el martes pasado cuando más del 64% del país quedó sin corriente simultáneamente.

Las consecuencias se acumulan en cascada. Los cortes intermitentes dañan electrodomésticos en un país donde repararlos es un lujo: Gladys Berriel, profesora jubilada de 74 años con una pensión de seis dólares mensuales, pagó once dólares para arreglar su refrigerador tras treinta y siete años trabajando en educación. El Gobierno ha respondido con un paquete de contingencia que reduce hospitales, transporte y universidades a servicios mínimos. Expertos independientes advierten que lo peor está por llegar: entre febrero y marzo, la escasez de combustible amenaza con paralizar todos los sectores de la vida cubana.

Heidi Martínez sostiene una linterna de celular mientras grita hacia el interior de un ascensor atrapado en un edificio de dieciocho plantas en Alamar, las afueras de La Habana. A los 53 años, esta administradora de viviendas se ha convertido en experta en rescatar vecinos que quedan encerrados cuando la electricidad se corta sin previo aviso. Lo hace varias veces por semana. "Ya hemos cogido cultura de apagones", dice con una resignación que refleja años de adaptación forzada a lo imposible.

Los cortes de energía en Cuba no son novedad. Pero en las últimas semanas han alcanzado una intensidad que sobrepasa lo tolerable: entre quince y veinte horas diarias sin electricidad en toda la isla, según reportes oficiales. El martes pasado, más del sesenta y cuatro por ciento del país quedó simultáneamente sin corriente en el momento de máxima demanda, el apagón más extenso del que se tiene registro. La causa es conocida: el embargo petrolero estadounidense ha dejado a Cuba sin combustible importado desde el nueve de enero, mientras la isla apenas produce un tercio de sus necesidades energéticas con centrales termoeléctricas que funcionan con décadas de antigüedad.

Pero en Alamar, donde viven alrededor de cien mil personas, la pesadilla tiene una característica particular que ha generado una frustración especial. Los vecinos la llaman "quita y pon": cortes de electricidad sin patrón alguno que se prolongan por horas cada día, sin que nadie pueda predecir cuándo volverá la luz. Pueden ser veinte minutos. Pueden ser treinta. Pueden ser sesenta. Erleny, de cuarenta y nueve años, repara llantas en un taller improvisado frente a los garajes del edificio. "Nadie se adapta a eso", dice mientras trabaja. "Eso es de: ya, ¿qué remedio?".

Gladys Berriel, profesora jubilada de Educación Especial de setenta y cuatro años, recuerda que el problema comenzó en dos mil veintitrés y "se quedó así". Según ella, la frustración es tan profunda que algunos vecinos preferirían los apagones prolongados de otras regiones, al menos porque sabrían cuándo esperar el regreso de la electricidad. Martínez, la administradora, coincide: "Si por lo menos tuviéramos una programación, porque sabemos perfectamente la situación que hay con el tema del combustible, usted se ajusta".

Lo que hace insoportable el "quita y pon" va más allá del inconveniente. Los cortes intermitentes dañan sin piedad los electrodomésticos en un país donde la escasez de productos y la inflación galopante hacen que cualquier reparación sea un lujo. Berriel pagó más de cinco mil pesos —once dólares al cambio oficial— para reparar su refrigerador. Su pensión mensual es de tres mil ciento cincuenta y seis pesos, seis dólares con ocho centavos, después de treinta y siete años trabajando en educación. "Estoy pensionada", lamenta.

La crisis energética se ha convertido en una crisis de cascada. Desde el verano de dos mil veinticuatro, Cuba sufre apagones prolongados diarios por las frecuentes averías de sus centrales y la falta de divisas para importar crudo. El Gobierno anunció la semana pasada un paquete de contingencia severo: los hospitales, las oficinas estatales y el transporte público funcionan en servicios mínimos; las universidades operan con enseñanza remota; se han cancelado eventos culturales y científicos; el combustible está severamente racionado. Expertos independientes advierten que entre febrero y marzo Cuba va a empezar a sufrir gravemente por la falta de combustible, un bien imprescindible cuya escasez afecta transversalmente a todos los sectores de la economía y la vida cotidiana.

Pueden ser veinte minutos, puede ser media hora, puede ser una hora… Nadie se adapta a eso.
— Erleny, reparadora de llantas en Alamar
Si por lo menos tuviéramos una programación, porque sabemos perfectamente la situación que hay con el tema del combustible, usted se ajusta.
— Heidi Martínez, administradora del edificio
Quer a matéria completa? Leia o original em Agencia EFE ↗
Fale Conosco FAQ